Decepción

César Hildebrandt

Alguien le dijo que no debía admitir haber cometido errores, que para eso estaba la oposición, la prensa crítica, los antipáticos profesionales.

De modo que, entonces, el señor presidente se apareció como el gobernante de una isla fantástica donde una plaga había causado al­gunos estragos y donde todo, sin embargo, seguía su curso gracias a la hombría impertérrita de sus habitantes.

Pero en Cajamarca se morían. Y se morían en Junín y se morían en Lima. Faltaba el oxígeno en todas partes y las cifras de la muerte no descendían mientras la ministra de Salud admitía, por fin, que podían ser 43,000 los difuntos. Se quedaba corta: a estas alturas debemos andar por los 49,000.

El presidente Vizcarra tiene conseje­ros que lindan con la idiotez. Sólo una persona con insuficiencia neuronal puede haberle dicho que las crisis se combaten con optimismo, con cifras fantasiosas, con propósitos enormes y grandezas teatrales.

No, señor Vizcarra. No siga hacién­dole caso a la taradez que ha reunido en torno suyo.

Las crisis se combaten diciendo, antes que nada, la verdad. Después de des­cribir los hechos tal como son -y no tal como los inventan sus asesores- adqui­rirá usted el derecho a la esperanza y al mensaje cargado de propósitos y en­miendas. Pero si usted miente hablando de un país que no existe, si usted falta a la verdad construyendo una realidad voluntarista y encubridora, todo lo que diga después será materia de sospecha. Nadie le creerá, en suma, si usted dice que el presupuesto de salud será novedosamente alto cuando ni siquiera se ha atrevido a decir de cuántas bajas fatales hablamos en esta pandemia que usted mismo calificó alguna vez como “una guerra”.

¿No nos debía un parte de esa guerra que esta­mos librando y, por ahora, perdiendo? ¿No debió ser usted quien nos dijera de qué tamaño era la mortandad? ¿No merecía la gente un recuento fáctico de lo sucedido?

Hubiera sido tan fácil decir al comienzo algo como esto: “compatriotas, estamos en serios pro­blemas, la situación es esta… Pero confío que, entre todos, saldremos de esto”.

Después de esas palabras, dichas desde el cargo privilegiado que le dimos, todos habríamos pues­to atención preferencial a sus cifras, sus metas, su fe, su optimismo. Y hubiéramos dicho: si este hombre tuvo el coraje de decimos la verdad cruda y fea, quizá tenga el carácter de cumplir con sus promesas, démosle una oportunidad.

Lo cierto es que su mensaje fue una invitación a la fantasía, un intento fallido de evadir el funeral que estamos viviendo.

Señor presidente: estamos en una crisis eco­nómica comparable con la que padecimos tras la guerra que Chile preparó para aniquilamos como rivales del Pacífico y usted sale a hablar del “go­bierno digital” y la “digitalización de las regiones”, mientras que su MINEDU no es capaz de comprar ni siquiera las tablets prometidas. ¿Quién dirigirá el pomposamente anunciado Sistema Nacional de Transformación Digital? Es difícil saber si es hora de llorar o reír.

Señor presidente: usted habló del daño que causa la minería informal y de cómo ha lucha­do contra ella, al mismo tiempo que anuncia la consagración de las invasiones auspiciadas por los traficantes de terrenos. Sí, señor: eso es lo que significa la titulación anunciada para todos aquellos que, guiados por los mercaderes de la usurpación y del despojo, se convirtieron en “posesionarios” hasta el 2014. ¿Se puede hablar así de planeamiento urbano, de futuro vivible para una megalópolis torturada como es Lima? ¿Se puede hablar de civilización en esos términos? ¿Les volveremos a poner un caño común (como hizo García) a quienes han sido condenados a vivir entre esteras, hojalata y triplay en la ladera de un cerro? ¿Son los traficantes de terrenos los que deciden el crecimiento de las ciudades y el costo horizontal de los servicios sanitarios? ¿Ese es el Perú que usted fomenta?

Habló usted de “educación de calidad para los jóvenes” pero no dijo una sola palabra sobre las agresiones del actual Congreso contra la SUNEDU, que es el sostén de la reforma universitaria. ¿Alguien le dijo que no se metiera con una comisión congresal orientada por algunos lobistas de universidades como Telesup?

Se refirió usted a 129,000 puestos de trabajo creados tras la reactivación económica pero no dijo nada de los 2’700,000 empleos perdidos por la necesaria cuarentena.

Anunció que a cada huérfano de la pandemia se le dará 200 soles mensuales hasta la mayoría de edad y, simultáneamente, reconoció que la anemia infantil ha bajado de 43% a 40%. Citó esa cifra cómo si de un triunfo se tratara. Qué bueno sería vivir en un país donde los presidentes no tuvieran que ofrecer 200 soles mensuales a nadie porque la salud y la educación están garantizadas.

¿Garantizadas? Usted prometió que ahora sí el SIS alcanzaría a todos los peruanos y anunció un presuntamente nuevo presupuesto de salud de veinte mil millones de soles. Pero resulta, como se ha dicho, que el presupuesto de Salud ya era de dieciocho mil quinientos millones de soles, lo que significa que el aumento será sólo de mil quinientos millones. ¿Y con mil quinientos millones de soles piensa usted financiar un SIS “para todos”?

Después estuvo el festival del dinero y los presupuestos mágicos que financia­rán obras deseadas por todos. ¿Con qué Estado las haremos? ¿Con qué capacidad de gasto contaremos? ¿Con qué gestión de proyectos tropezaremos? Eso sí: las lí­neas 3 y 4 del Metro, la carretera central, las grandes obras de saneamiento y los hospitales y colegios “emblemáticos” los haremos a través de convenios de gobier­no a gobierno, lo que seguramente que­rrá decir que tendremos a los británicos haciéndose cargo de tan arduos asuntos. Hasta eso podría haberlo explicado, señor presidente, si su vocación hubiese sido la de tender un puente de comunicación con el pueblo, especialmente con la gente que aplaudió su gestión cuando se deshizo del podrido Congreso anterior.

¿Y qué es el Pacto Perú sino una lista de la vieja intendencia del Perú abortivo que padecemos? ¿A quién se pretende convencer cuando se ha­bla de consensos básicos sobre salud, educación, economía, sistema de justicia y lucha contra la pobreza? Sabemos de esa agenda envejecida desde los tiempos de Ramón Castilla y ese saber no nos ha servido de mucho. El problema no son las metas redundantes sino la voluntad corajuda de cumplirlas más allá de las presiones y periodicazos de la derecha y del autismo tribal de la izquierda de raíces leninistas. Cambiar de rumbo: ese es el imperativo. Y jamás cambiaremos con los parámetros que el conservadorismo dicta desde los medios de comunicación a su servicio.

No se miente, señor presidente. Y usted ha mentido como un fanático el día de su último mensaje presidencial.

Eso no sólo decepciona. Eso confirma que la política, entendida malamente, puede transformar al que fuera exitoso gobernador de Moquegua en un parlanchín suspendido perfectamente en una nube.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 500, 31/07/2020 p13

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