Promesas de campaña

César Hildebrandt

La ética de este congreso de los Luna y los Chehade la expresó muy bien la con­gresista frenteamplista Mirtha Vásquez Chuquilín cuando dio a entender que las promesas eran para tirarse a la basura y servían para engatusar al soberano durante las campañas electorales.

Esta fue su desnuda reflexión, ex­pelida a mediados de este año: “Las propuestas de ley no deben venir en función de lo que hemos ofrecido en la época de campaña electoral. A mí me parece eso muy irresponsable, porque en campaña electoral se ofrece de todo. Imagínense ustedes si acá se viene a tratar de desarrollar normas en fun­ción a lo que se me ocurrió ofrecer en campaña. Entonces me parece un mal referente y eso también me preocupa”. Soltó esas palabras en un debate sobre el tema de la inmunidad parlamentaria. Días antes de esa exhaustiva confesión, como lo recordó Raúl Tola en una co­lumna, la congresista acciopopulista Rosario Paredes había puesto el primer terrón de aquel busto de quincha erigido en homenaje al cinismo: “Las leyes no pueden darse por un compromiso de campaña y dejar la función importante de fiscalización”.

La “gran prensa” trató a la ligera el tema. No sé por qué, pero lo sospecho: el peso del matriarcado mediático es muy grande en estos días. Y como se trataba de dos clientas potenciales del oenegismo ultrafeminista, había que tener cuidado. No fuera que las manuelas y las floras acusaran de misógino a quien señalara que habían sido dos mujeres las autoras de tamaño descaro parlamentario.

¿O sea que las promesas electorales se lanzan para el embauque y la trafa? ¿O sea que es válido ofrecer el oro y el moro y después reírse a solas en la oficina ganada con los votos de la ingenuidad? ¿O sea que puedes jurar que quieres adecentar la política y des­pués ser un compadrito (a) cualquiera?

Sí, señoras y señores. Eso es lo que hacen los po­líticos y las políticas. Pero no sólo ellos (ni ellas). Eso es lo que se hace en el Perú a todo nivel, en todos los campos, a lo largo y ancho de esta república aceitosa. La mentira es universal, es cierto, pero pocos son los países que le rinden culto. Aquí, la mentira se admira, se envidia, se fomenta. La “viveza criolla” es la mentira ancestral de nuestra identidad. Nos deslumbran los mentirosos. Huimos de la verdad cada vez que podemos. Y vaya que podemos.

La mentira, hermana de la traición, estuvo en las raíces de nuestro origen poscolonial. Mintió a su gusto el primer presidente (Riva Agüero) que terminó en tratos con los españoles. Mintió a rabiar Torre Tagle, que se pasó a las filas del enemigo. Mintieron los canallas que traicionaron a La Mar, lo depusieron y lo embarcaron rumbo a Costa Rica. Así empezamos nuestra historia de país independiente. Y así seguimos, apuñalándonos cada vez que podíamos, negándonos en la reciprocidad del exterminio.

Hay quienes aspiran a que relativicemos todo y a que reconozcamos que la verdad es uno de los cadáveres exquisitos de la modernidad. Si nos plegamos a esa perspectiva, no hay verdad ni principios ni ética y ni siquiera naturaleza o realidad verificable. Se nos propone un mundo borroso visto desde las cataratas del impresionismo moral. Un mundo donde debe­mos tolerar todo desmán, condonar la arbitrariedad (siempre que esté de moda) y humillarnos ante “lo po­líticamente correcto”. Un mundo donde la ética es vista como un vintage y donde da lo mismo esforzarse por mantener el nivel que escribir como imbécil, decir atrocidades, proponer estropicios.

Después viene alguien que se las da de misionero (a) y te dice que de­bemos “comprender” al Frepap. Pues este columnista plantea que si debemos “comprender” al Frepap, lo mismo debe­ríamos hacer con las hordas de Abimael Guzmán. En ambos casos está, presente y elocuentísima, la barbarie. En ambos casos está expresada la derrota cultural del Perú. Si el mal gusto conduce al cri­men, como dijo Saint-John Perse, tanto Sendero como el Frepap proceden de la misma sombra. Los de Guzmán in­tentaron incendiar el país y refundarlo a partir de sus cenizas. Los del Frepap verbalizan la muerte de la cultura perua­na. No son una variedad imaginativa del futuro disfuncional: representan el viejo pasado de las masas conducidas a votar con pisco y butifarra (y que hoy pueden venerar al señor Ataucusi y creer en su resurrección al tercer día). Sendero creía en Guzmán: el Frepap se cree embajada espiritual del Gran Israel. ¿Cuánta oscuridad debe uno tener en la bóveda craneana para aceptar cualquiera de esas dos adhesiones?

Pero volvamos al tema que originó esta colum­na: la promesa electoral descartable. ¿Se imaginan el festival de compromisos que habrá en las próximas elecciones? A mí se me hace agua la boca pensando en lo que pueden ofrecer los candidatos del 2021. Y me conmueve pensar cuántos miles de peruanos, condenados al candor por el fracaso de la educación pública y la magnitud de la pobreza y la desigualdad, se tragarán esos anzuelos y votarán por quien mejor suene en los debates. Como sonaba Mirtha Vásquez Chuquilín cuando derramaba lisura y mil promesas.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 508, 25/09/2020 p09

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