Manuel Dammert (1949-2021)

César Hildebrandt

Se ha ido Manuel Dammert y a mí se me ocurre que algo de simbóli­ca tiene esta muerte. A la izquierda le ha aparecido otro muñón, otra nostalgia, otro vacío.

Dammert no aparecía en los eslóganes de las elecciones ni en los tabladillos de las ambiciones quinquenales. No era el tipo que se ponía el polo cada vez que había que votar. Su voz era crónica, su mensaje no daba tregua.

Dammert repetía a Mariátegui y demandaba un “Perú peruanizado”. Es de­cir, un país donde la soberanía fuese un ejercicio de cierto or­gullo y no el concep­to desarmado que sugiere la Constitución. Por eso se in­dignaba tanto cada vez que las empresas extractivas, seduci­das originalmente por el entreguismo extranjero de Fujimori, trataban al Perú con la punta del zapato y se refugiaban en sus con­tratos blindados, sus privilegios de acero, sus cortesías tributarias. Sí, Dammert fue el nacionalista que Húmala fingió ser. Y si la edad y las ganas se lo hubiesen permitido, se habría ido a Bolivia cuando Evo Morales logró que su país dejase de ser el viejo Potosí de las mamachas.

Pero la edad pesa y las cicatrices también. Dammert las tenía de todo tamaño y de varias procedencias.

Había surgido del Partido Comunista Revolucionario (PCR), que era una secta de estirpe guerrillera dedicada a predicar las glorias de la pólvora en las cafeterías univer­sitarias. Y luego había estado en Izquierda Unida, aquel frente amplio que Alfonso Ba­rrantes pretendió dirigir como el estalinista privado que era. Porque Barrantes se hacía el cajamarquino de sonrisa fácil pero albergaba, en el fondo, a un georgiano como aquel Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, alias Stalin.

Dammert vivió y protagonizó el canibalismo de la izquierda. Y eso lo desgastó, lo amar­gó.

Al final, con los años, lo que quedó en pie fue su defensa siempre indesmayable de lo que consideraba “las rentas irrenunciables” sobre nuestros recursos naturales. Hablaba en la tele, predicaba en la radio, escribía enredo­sos artículos en la prensa que lo acogía y el resultado era el mismo: nadie le hacía caso, que es el destino de los que suelen tener la razón.

Dammert fue una víctima más de la moledora de carne de la derecha. Cuando podían -y vaya que podían- los voceros del zombismo derechista le decían anacrónico, estatista irresponsable, rojete de marras. Si hubieran sido sinceros, le habrían dicho: “¡muérete!”. Si hubiesen tenido a Videla de socio, lo habrían matado. Porque Dammert era el enemigo de la inversión foránea, de la plata que se lleva los cerros en camiones del mismo modo que los gringos míticos se llevaron el mar del patriar­ca en la novela de García Márquez.

Ser de izquierda en el Perú es como vivir en la buhardilla de una casa hostil. Es como ser el sobrino de un tío que nos odia y que nos presta, de mala gana, el cuarto que frecuentaba como propio aquel pastor alemán muerto hace unos años. Ser de izquierda en el Perú es ser un apestado. Es ser un imán para cuchillos y chavetas.

Dammert creía que el Estado debía ser un árbitro parcial y que debía pitar siempre por la justicia y la igualdad. Lo más probable es que su concepto del paraíso fuese una demasía niveladora y lo casi seguro es que la aplicación de sus ideas nos hubiese llevado aún a más pobrezas. Pero, en todo caso, allí esta­ba su voz abierta al debate y a la con­frontación. Todas las veces que lo entrevisté me encon­tré siempre con el mismo Dammert: el denunciante de arreglos turbios, el cazador afor­tunado de concesiones apestosas a grandes empresas, el defensor de un país que no dejaba de maltratarlo y ningunearlo. Podía repetirse este Dammert, pero no claudicar. Se creía la mesa de partes de la indignación nacionalista. Fue el Luis XIV peruviano: el Estado era él. El otro había pasado por el excusado de los Fujimori y los Boloña.

Pues bien. Resulta que una reciente encuesta de Dátum demuestra que el 64 % de los peruanos “prefiere una mayor participación del Estado en la economía”.

Yo quiero tener la sospecha de que Dammert leyó esto y se murió en paz. Su largo peregrinaje de profeta abucheado tuvo, al fin, sentido. Por la pandemia supimos que carecer de Estado y venderle el alma al mer­cado de los Althaus y los Comercios produce masacres. Por la pandemia nos enteramos de cuántas mentiras se nutría el orgullo de nuestro PBI y la virtual “abolición” de la pobreza, según versión aprofujimorista. Esta­mos de regreso del cuento procaz del neoliberalismo. El secuestro del Perú en manos de sus rentistas, ujieres de las letras y “doctores de la economía”, puede terminar. Se ve en el horizonte.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 532 del 26/03/2021  p10

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