Consejos del novelista

César Hildebrandt

No olvido ese día. Era 1966, yo era una “joven promesa” de no sé qué diablos, y me fuí a la librería “La Familia” que quedaba en la cuadra 16 de la avenida Brasil, a pocas calles de mi casa. Iba a comprar “La casa verde” y estaba emocionado. Tan emocio­nado como lo estuve cuando leí, estudiando en el “Leoncio Prado” todavía, “La ciudad y los perros”. La verdad es que eso de la quemazón de libros y la condena pública de la novela por el coronel director fueron puras mentiras, publicidad avezada. Claro, nadie podía sospechar en ese momento que ese truco propagandístico había partido de la editorial de Carlos Barral.

“La ciudad y los perros” marcó una frontera en la narra­tiva peruana. Yo, que era una arrogante garrapata lectora desde los once años, me di cuenta al instante de que con ese libro nacía algo nuevo. Claro, estaban todas las cele­bridades mencionables y precedentes, desde Arguedas a Congrains, de Ribeyro a Alegría, pero “La ciudad y los perros” era la primera novela moderna de nuestra historia, la primera que pretendía contamos una historia fragmen­tada con un estilo tributario de Faulkner, Joyce, Sartre. De modo que allí estaba yo aquel mediodía, caminando por la avenida Brasil rumbo a casa mientras leía, eludiendo baches y sardineles, transeúntes y charcos, las primeras páginas de “La casa verde”. La seguí leyendo en casa, más catatónico que nunca, dándome tiempo apenas para comer algo, y quedé fascinado. Me hipnotizó aún más que “La ciudad y los perros” y me enteré, como muchos, que nos había nacido un escritor universal, un novelista que se valía de todas las mañas gloriosas de la modernidad joyceana, esa que había barrido con la manera vieja de contar: la pluralidad de puntos de vista, el monólogo interior, los saltos temporales, los enlaces dialógicos que burlaban la “normalidad” del relato lineal.

Con “La casa verde”, Vargas Llosa nos entregó páginas de brujo magistral y personajes que no pueden borrarse. ¿Cómo olvidar a Fushía, a Lalita, al arpista, a la Chunga, a los inconquistables? ¿Y cómo haríamos para no recordar al Esclavo, al Jaguar, al teniente Gamboa, al burdel donde Alberto debuta malamente?

Luego vino “Conversación en la catedral” y la admi­ración se convirtió en fanatismo. No había duda: estába­mos frente al mayor novelista de estas tierras de poetas, ensayistas, aburridos y parlanchines. Recuerdo que una vez le pregunté a Vargas Llosa por qué había elegido ese tono gris para “Conversación en la catedral” y me dijo que la historia que estaba de por medio era tan inverosímil en su sordidez que cualquier artificio literario la habría hecho aún menos creíble. Eso fue en 1969 y Mario era para mi generación más que un faro: era el Everest que tendríamos como almanaque en nuestras casas hasta el fin de nuestros días.

Sucedieron muchas cosas y muchos años se fueron devorando lo mejor de los recuerdos. Mario pasó de la militancia cubanófila y castrista a un conservadorismo cada vez más agresivo. Terminó amando, políticamente, a Margaret Thatcher, la hija del tendero, la que se alió con Reagan para cambiar el mundo para mal. Echaron abajo un muro, es cierto, pero construyeron decenas de murallas chinas para preservar un sistema que borra a la gente de a pie. Y en cuanto a novelas, con excepción de “La guerra del fin del mundo”, Mario no escribió nada mayúsculo después de aquellas tres primeras obras que lo instalaron, de lo más cómodo, en la posteridad. Pasaron los años como manada de elefantes y entonces llegó 1990: Alberto Fujimori, delincuente tributario y malversador impune en su cargo de rector de la universidad agraria, fue inventado por Alan García, el SIN de Cucharita Díaz y el Thorndike de “Página Libre”. Me sumé a la campaña de Vargas Llosa y lo hice sin pedir nada y sin ninguna duda. Lo hice con alegría y con convicción. Y lo hice sabiendo que el gobierno conservador de Vargas Llosa era una opción decente cuyas metas serían matizadas por un congreso variopinto que se le enfrentaría. También sabía que el delincuente Fujimori terminaría haciendo un gobierno mafioso que convertiría al Perú en un país institucionalmente demolido. En no­viembre de 1991, antes de largarme a España después de que me cerraran todas las puertas en el Perú, anuncié a la agencia “Efe” que lo que venía era un golpe de estado.

Mario tuvo la generosidad de reconocer mi poco exitoso empeño dedicán­dome unas líneas superlativas en las memorias que tituló “El pez en el agua”:

“Todo esto salía en la prensa afín a nosotros, pero quien batió el récord de las revelaciones fue César Hildebrandt, en su programa En Persona, de los domingos. Magnífico periodista, sabueso tenaz, investigador acucioso e incansable, bastante más culto que el promedio de sus colegas, y valiente hasta la temeridad, Hildebrandt es también un hombre de carácter dificilísimo, susceptible y atrabiliario, cuya independencia le ha granjeado múltiples enemistades y toda clase de querellas con los dueños o directores de las revistas, periódicos y canales en los que le ha tocado trabajar, con todos los cuales rompió (aunque, a menudo, amistó luego para volver indefectiblemente a romper) cada vez que sentía su libertad recortada o en peligro. Esta manera de ser le ha ganado muchos enemigos, desde luego, y, al final de cuentas, hasta el tener que marcharse del Perú. Pero, también, un prestigio y una garantía de independencia y una solvencia moral para opi­nar y criticar que ningún programa televisivo tuvo antes (ni, me temo, volverá a tener por mucho tiempo) en el Perú. Aunque amigo y bastante próximo a algunos sectores de la izquierda, a los que siempre dio tribuna en sus programas, Hildebrandt mostró a lo largo de la campaña de la primera vuelta una clara simpatía por mi candidatura, sin que ello le impidiera, desde luego, criticarnos a mí y a mis colabora­dores cuando lo creía necesario.

Pero en la segunda vuelta, Hildebrandt asumió como un deber moral hacer cuanto estuviera a su alcance para impedir lo que él llamaba el salto al vacío, pues le parecía que un triunfo de alguien que a la improvisación aliaba la picardía, y la falta de escrúpulos, podía ser como el puntillazo para un país al que la política de los últimos años había dejado en ruinas y más dividido y violento que nunca en su historia. En Persona multiplicó cada domingo los testimonios y las denuncias más severas sobre los negocios personales —lim­pios o dudosos- de Fujimori, sus vínculos encu­biertos con Alan García y el carácter autoritario y manipulador de que había dado muestras en el rectorado de la Universidad Agraria (La Mo­lina)…” (“El pez en el agua”, primera edición, marzo de 1993, páginas 510-511).

Recuerdo todo esto para demostrar que mi relación con Vargas Llosa tiene larga data y parte, en primer lugar, de mi admiración por sus novelas y de mi convicción, en aquel año de 1990, de su solvencia moral.

En los últimos años, sin embargo, el escritor que mi generación admiró como a ningún otro se ha apegado con cada vez menos remordimientos a posturas y gestos que ya ni siquiera pertenecen a la derecha clásica. Sus vínculos con lo más rancio del Partido Popular español, por ejemplo, lo retratan como aliado tácito -y ojalá que asqueado— de un conservadorismo corrupto vinculado a malos manejos y saqueos diversos de fondos públicos y privados. Y su actitud de censurar cualquier intento hereje de cambiar el modelo neoliberal parece asignarle el papel de un Elmer Gruñón que, escopeta en mano, defiende el huerto del granjero Milton Friedman de los conejos que amenazan las zanahorias.

Ahora quiere Mario Vargas Llosa que votemos por Keíko Fujimori, heredera perfecta del régimen despreciable de su padre. Aspira el novelista que los peruanos elijamos el cuarto fujimorismo. Sí, el cuarto si consideramos que el primero fue el de 1990, el segundo el de 1995 y el tercero el fraudulento del año 2000.

¿Cree Vargas Llosa que Keiko Fujimori cumplirá alguna promesa? ¿Cree que la primera dama de la dictadura será una demócrata cabal, una presidenta respetuosa de los otros poderes, una líder que respete a la prensa que la juzgue o a la Fiscalía que la investigó hasta descubrir quién era de verdad? ¿Ignora el escritor que Alberto hizo a Keiko a su imagen y semejanza cuando la obligó a traicionar a su madre enferma y a plegarse a su régimen? ¿No sabe el prolífico premio nobel que Montesinos le entregaba a su candidata favorita diez mil dólares mensuales salidos del tesoro público? ¿Olvida los millones de dólares que la señora Fujimori recibió de los Romero y Odebrecht? ¿Omite voluntariamente el hecho de que Keiko decidió dar un golpe de estado congresal el año 2016, cuando anunció que gobernaría a partir de su poder parlamentario? Si Keiko Fujimori desconoció la autoridad presidencial en el 2016, ¿qué nos puede esperar con ella instalada en Palacio?

¿Quiere Vargas Llosa que demos un salto al vacío y nos dirijamos al cuarto reich del fujimorismo, esa opción que él tantas veces comparó con la peor de las plagas que podíamos sufrir?

Alguna vez dije por allí que el camino por el que anda­ba Vargas Llosa lo iba a conducir a una paradoja: podría terminar pensando como su padre, Ernesto Vargas Maldonado, ese hombre ultrarreaccionario, pro yanqui hasta el ridículo, a quien temió siempre, a quien odió sin poder evitarlo. A veces la venganza adopta barrocas expresiones.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 536, del  23/04/2021  p10,11

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