Cerrón es el que manda

César Hildebrandt

Ya lo sabemos.

Vladimir Cerrón manda más que nadie en el nuevo gobierno.

Por eso es que Guido Bellido es el presidente del Consejo de Ministros.

Bellido es subordinado absoluto de Cerrón.

Bellido es el congresista que tiene militancia de más larga data en Perú Libre.

Bellido es uno de los que piensan que en Cuba sí funciona un régimen democrático.

Bellido es el hombre que intentó descalificar a Pedro Francke como candidato a ministro de Economía y Finanzas. “A mí no me molesta de manera personal, pero sí veo a dónde se orienta y no es en función al programa y postulados del partido Perú Libre”, dijo este altoparlante de Cerrón el 27 de julio. Al cierre de esta columna, me entero de que Pedro Francke ha decidido desistir de cualquier nombramiento. Su renuncia, nutrida de dignidad y principios, es la primera alarma encendida en el régimen que había prometido su presencia como garantía de solvencia profesional, prudencia en el manejo del gasto público y severidad para evitar lo que más se teme a estas alturas: la orgía populista que nos puede llevar a la inflación y el descalabro. La explicable fuga de Francke vendrá acompañada, casi sin duda, de la de Julio Velarde, en el caso de que el presidente del BCR haya sido invitado a quedarse (cosa de la que ahora, razonablemente, dudo).

Bellido es el hombre que quiso imponer a Waldemar Cerrón, hermanito de Vladimir, como presidente de la mesa directiva del Congreso. Fracasó en todas sus gestiones, no pudo negociar con Acción Popular ni con Alianza para el Progreso y terminó hasta peleándose con la bancada de Somos Perú. El resultado de sus procederes como delegado de Cerrón es que María del Carmen Alva, que cree que Merino de Lama fue legítimo presidente de la república, es la flamante presidenta del Congreso.

Bellido, según el portal InfoMercado, le ha dicho a radios bolivianas que la ruta política de Evo Morales, incluyendo su continuidad por tres periodos, es ejemplar.

Bellido es el hombre que alguna vez, en una red social, declaró su admiración por Edith Lagos, la joven rematadora de enemigos caídos que perteneció a Sendero Luminoso y murió en combate. La misma simpatía demostró por Carlota Tello Cuti, alzada en armas con las huestes de Guzmán, torturada y asesinada en un cuartel del ejército en Ayacucho. El 23 de abril pasado, Bellido declaró esto al canal Inka Visión Noticias: “El país estaba en un desastre, hubo peruanos que equivocadamente tomaron un camino, ¿son peruanos o no? Por eso tienen sus derechos. ¿Qué tienes contra los senderistas?”. A raíz de eso, la Fiscalía abrió una investigación preliminar por presunto delito de apología del terrorismo.

Bellido es uno de los que, por supuesto, cree que el juicio contra Vladimir Cerrón fue una farsa y que la acusación por corrupción es parte de una venganza conservadora en la región Junín.

Bellido es el señor que declaró en “Willax”, el ducto del golpismo fascistoide, que Verónika Mendoza incurriría en oportunismo si mencionaba algunas condiciones para seguir apoyando la alianza con Perú Libre. Y añadió esta frase de tinte machista: “Ser aliada no significa que vas a condicionar”. Todo un señor caporal.

Bellido es el energúmeno que llamó “loca pervertida” a la líder de Juntos por el Perú. Caporal e infame, además de homófobo.

Bellido es el congresista electo que soltó el 19 de julio estas palabras, que ahora parecen profecía cumplida, orden acatada: “Castillo es militante de Perú Libre y como tal está sujeto a los derechos y a los deberes de dicha agrupación política”.

Y así ha sido. Cerrón dio la orden: si no es Roger Nájar, que sea Bellido.

Castillo ha dado un paso de gigante hacia su sometimiento a un partido que, bajo la dirección de Cerrón, parece no creer en las formas democráticas ni en la convivencia política.

El portero tenía la llave maestra y la acaba de usar. Con eso ha abierto la puerta de lo impredecible.

Las promesas presidenciales respecto de que el nuevo gobierno no estatizará la economía y respetará la propiedad privada quedan al garete. Y el discurso de Pedro Castillo, en general, podría asumirse a estas alturas como una maniobra distractiva, una obertura para los palcos colmados de visitantes extranjeros. La ópera en sí –Pagliacci, de Leoncavallo– estará a cargo del tenor lírico Vladimir Cerrón. La historia de un payaso que sufre por los cuernos que le impuso la cónyuge viene casi a medida. Los coros estarán a cargo de la prensa regional a la que le lleguen los anunciados montos de la nueva publicidad del Estado.

Castillo dijo que la salud sería un derecho fundamental y que no habrá proyecto minero o de gran inversión que se apruebe si no ofrece “rentabilidad social”.

Con Bellido-Cerrón al mando ya no sabemos hacia dónde apuntará la unificación de los sistemas de salud y mucho menos podemos imaginar qué diablos es eso de “rentabilidad social”. ¿O estamos hablando de un pasaporte lo suficientemente ambiguo como para que Bellido y los radicales lo interpreten como les dé la gana?

Y las rondas campesinas extendidas hacia las ciudades, ¿se formarán a costa de la Policía? ¿Qué autoridad tendrán, qué logística las asistirá, quiénes dictarán sus órdenes?

Todo el discurso de Castillo Terrones enderezado a hacer viable su proyecto de reformas (necesarias) y reivindicaciones (legítimas) queda suspendido en el aire. Un partido de rictus fanático y un líder que supone que el Perú puede ser la Cuba de Batista han tomado el poder y reemplazado a Castillo. Es un golpe de estado espectral y sus autores esperan que el país acepte el cambiazo. Pues déjenme decirles que el Perú no necesitará del fujimorismo ni de Renovación Popular ni del Congreso vacador para expresar su indignación y su rechazo. El Perú no votó por Vladimir Cerrón ni por sus capataces tardocastristas. El Perú votó para que una mafia no nos volviera a gobernar y para que el profesor de la buena fe apostara por los grandes cambios inclusivos. Castillo iba a ser lo nuevo, lo inédito, lo inaudito, la transfusión de limpieza en el vicioso torrente sanguíneo de una república exhausta. Apostar por el modelo cubano es apelar a la vejez de las ideas probadamente erradas y totalitarias. Cerrón y los suyos, aupados ahora al poder al margen del mandato popular, se inclinan por la prehistoria estalinista. Si Castillo no toma distancia inmediata de esa vertiente, querrá decir que ha optado por la confrontación y el suicidio del régimen que tantas esperanzas despertó.

El nombramiento del gabinete, juramentado a hora patética, no hace sino agravar la situación. Ver a Héctor Béjar en Torre Tagle es como si Martha Chávez se hubiese hecho cargo de la Coordinadora de Derechos Humanos. Que no haya inmediato reemplazo del indignado Pedro Francke da una idea del caos en que empezamos a sumergirnos.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°550, del 30/07/2021   p6

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