Perú: Manual para hacer mártires

Isaac Bigio

Los romanos sostenían que para agradar al pueblo hay que darle pan y circo. ¿Y ahora qué le podemos dar a los peruanos en su bicentenario de la independencia? Como los precios de los alimentos y el dólar han subido y en el distrito más poblado del país no hay agua, ¿por qué entonces no ofrecer un gran circo? Como no hemos podido hacer un gran pasacalle de más de un millón de personas por nuestra independencia (debido a la pandemia y al impasse electoral y gubernamental), bien podríamos inspirarnos en el ejemplo de los césares. Ellos solían contentar a sus ciudadanos llenando coliseos donde muchedumbres se deleitaban viendo cómo los leones se devoraban vivos a los cristianos y a otras personas acusadas de atentar contra el Estado o ser una suerte de terroristas.

Y ahora el gran circo sangriento que tenemos es qué hacer con los restos de quien ha sido sindicado como “el peor genocida de nuestra historia”. La propuesta es que su cadáver no sea entregado a cualquier miembro de su familia (en este caso su viuda, a quien no le permitieron visitar a su marido cuando estaba agonizando o poder reconocer su cuerpo sin vida), sino que sea incinerado y sus cenizas arrojadas al océano. Estos planteamientos han ganado portadas de los principales diarios, y hay una competencia entre quienes sugieren otras formas aun más crueles.

¿Cuándo en nuestra milenaria historia se ha denegado entregar el cadáver de un terrorista a su familia y se ha quemado a este para ser echado al mar? ¿Y qué democracia occidental ha hecho eso con un terrorista muerto tras haber purgado cárcel durante 29 años?

¡No importa! ¡En nuestro bicentenario tenemos que crear un gran aporte a nuestra sociedad y al mundo!

OLVIDOS

En medio de ello prácticamente nadie se ha acordado que al día siguiente de la muerte de Guzmán se ha cumplido el bicentenario del asesinato de un gran héroe de nuestra independencia. El 12 de septiembre de 1821 fue ejecutado José de Antepara, quien nació en Guayaquil (ciudad que llegó a ser parte del virreinato peruano), y que en octubre de 1820 fue uno de los gestores de su república (la misma que antecedió a la independencia de Lima y dejaba abiertas las posibilidades para que la actual mayor metrópolis ecuatoriana se hubiese quedado en el Perú). Antepara fundó en Londres el primer periódico pro independencia hispanoamericana y murió defendiendo la causa de la independencia peruana que había sido proclamada 45 días antes de su asesinato. Pocos se han acordado que este 15 de septiembre por primera vez en la historia hay cinco repúblicas que conmemoran su independencia ante España. A esa poca importancia ante la gesta de nuestros hermanos centroamericanos sigue la de casi ignorar que el 27 de septiembre el país hispano más poblado (México) recuerda el bicentenario de la consolidación de su independencia.

Tampoco le venimos prestando atención al hecho de que el 20 de septiembre entramos a la recta final hacia el bicentenario de nuestra primera asamblea constituyente, la misma que, según Jorge Basadre, marca el inicio de nuestra república.

¿Por qué no mostrar las imágenes del muerto y de su cremación al mundo?

Varios congresistas han pedido ver el cadáver o las fotos suyas, y ¿por qué no mostrar estas a todo el mundo? ¿Qué les parece filmar cuando a Abimael lo lleven a un horno, lo cremen, luego lo transporten a un avión o un barco, y de allí lo tiren al mar?

Incluso hay quienes han sugerido que antes de incinerarlo lo dinamiten. A fin de cuentas, ¿acaso él no fue una “bestia” cuyos seguidores hicieron explotar a la izquierdista María Elena Moyano (a quien tanto veía en muchas marchas y eventos) después de haberla acribillado?

Los norteamericanos tiraron el cadáver de Osama bin Laden al océano sin previamente destruirlo. Nosotros, por supuesto, debemos demostrar que somos más duros que EE.UU. ¿Tal vez si Washington hubiese previamente cremado a sus correligionarios talibanes, estos no hubiesen recapturado luego todo Afganistán, al cual la OTAN invadió dos décadas atrás, precisamente, para acabar con estos terroristas?

¿Y qué les parece si hacemos que el cadáver de este “demonio” sea entregado a nuestras pirañas (para fomentar el turismo y el ecosistema amazónicos) o a alguna variedad de tiburones cuya caza indiscriminada pueda poner a su especie en jaque? ¿Y por qué decir que eso es inhumano si nosotros somos aún uno de los pocos países donde son populares las corridas de toros o las peleas de gallos en las cuales mueren muchos animales, mientras que con esta práctica no matamos a nadie y, más bien, damos de comer a seres acuáticos?

Un amigo en mi Facebook propuso que las cenizas de Guzmán sean echadas a una cloaca. ¡Qué idea tan interesante! ¡Por qué no hacemos algo mejor que lo que hacen en la tierra catalana del virrey Amat!

El 11 de septiembre, fecha en la que murió Abimael Guzmán, los catalanes celebran con multitudes su día nacional. Ellos se distinguen de todos los pueblos del mundo en sus costumbres de poner sus regalos de navidad debajo de un tronco con forma de duende risueño al que los chicos le golpean diciendo “caga, tío; caga, tío” y este “defeca” sus obsequios.

¿Qué les parece si para mostrar nuestro asco por ese “innombrable” y para, además, recolectar dinero, no vendemos mil pildoritas conteniendo sus cenizas y a mil dólares cada una? ¿Y a todos los que la adquieren se les hace firmar un compromiso para que todos al mismo tiempo la tiren a sus respectivos desagües y para ello cada uno lo filme y haya una competencia en las redes sociales sobre quiénes la lancen con mayor originalidad y desprecio?

¡BÁRBARO!

Sin embargo, todas esas medidas podrían no ser del agrado de una congresista fujimorista, quien no quisiera que nuestro territorio o mar queden contaminados con una pizca de sus restos. Ella, Rosangella Barbarán, ha tenido una idea bárbara para evitar que el terrorista Guzmán pudiese tener una tumba donde se le pudiesen dejar rosas. Ella no solo apoya que los restos de ese bárbaro sean cremados y echados al océano, sino que pide que se lo haga fuera de las 200 millas peruanas para no contaminar al mar de Grau.

Pero ¿y qué pasaría si las cenizas del catalogado como el “mayor genocida de nuestra historia” terminan en nuestro territorio, ya sea como efecto de las corrientes marinas, del agua evaporada que nos llegue en forma de neblina, garúa o lluvias, de que algunos organismos se alimenten de estas y acaben siendo devorados por peces que entren a nuestras 200 millas o que terminen en barcos pesqueros que luego vendan sus productos en nuestros mercados? ¿Cómo podríamos evitar que algunas nauseabundas partículas recicladas de tal monstruo pudiesen acabar en un cebichito? ¿Cómo los antiguos integrantes o socios del Chimpún Callao podrían estar seguros de no estar ingiriendo ni una pizca de los desechos del referido Satanás en cualquier choro a la chalaca que se les sirviera? Y si ninguno de estos asquerosos restos cayese en nuestra tierra, ¿por qué contaminar el mayor océano del planeta, a la pesca de ultramar y a otros pueblos?

¿Qué les parece si planteamos una propuesta aún más genial y, como dirían los argentinos, más bárbara? ¿Por qué no lanzamos las cenizas de “la bestia” al espacio extraterrestre para así no contaminar a nuestro planeta? Y, para descartar la más infinitesimal posibilidad de que algunas de estas pudiesen ser absorbidas por la gravedad terrestre, ¿por qué no las ponemos en un cohete que acabe en el sol donde serían desintegradas para siempre a miles de grados de temperatura?

¡INCINERAR A TODOS!

Y al congresista Montoya se le ha montado una idea aun mejor. Hay que aprobar una ley para que todos los acusados por terrorismo sean incinerados. El jefe de su partido, López Aliaga, se proclama como el más creyente líder peruano, pues no solo milita en el Opus Dei sino que es casto y se flagela a diario para honrar a Dios. Y si la Biblia dice que los cuerpos de los muertos (incluso de los peores criminales) deben ser entregados a sus deudos y que todos deben ser sepultados, entonces, ¿por qué no plantear una enmienda no solo a la ley peruana sino también a los santos evangelios?

¿Y la incineración de terroristas también se daría cuando muera el último exdictador militar vivo que tenemos? O ¿tal vez se haría una excepción con Morales Bermúdez (a quien una corte italiana ha condenado a cadena perpetua por terrorismo de Estado), porque él firmó junto a Montoya una carta pidiendo un golpe militar para evitar que Castillo llegue a la presidencia? ¿Y esa ley se aplicaría a Montesinos y Fujimori, a quienes él sirvió en la Marina? ¿O acaso no es terrorismo haber creado el destacamento Colina, haber torturado hasta matar a estudiantes y maestros de La Cantuta, haber ejecutado la masacre de Barrios Altos o haber dinamitado el Banco de la Nación (asesinando a sus propios policías y personal) en el primer día de la patria de este milenio (aquel en el cual Fujimori juramentaba en su tercer mandato) para echarle la culpa a sus opositores?

¿Y por qué esperar a que los terroristas se mueran para incinerarlos? Tener a tantos en prisión generan muchos gastos, ¿no sería mejor quemarlos vivos a todos, así como antes hacían muchos católicos durante la edad media? ¿No sería mejor que se reactive el otro palacio que está en la plaza del Congreso, es decir el de la Inquisición? Y si alguien se opone o aparece leyendo un libro, un artículo o una nota en el Internet escrita por “Gonzalo”, ¿por qué no aplicarle la misma pena?

¿INCINERAR LOS RESTOS DE PIZARRO?

Mientras muchos medios acusan a Guzmán de ser el peor genocida de nuestra historia, cualquier historiador serio podrá demostrar que los peores genocidios y exterminios de pueblos se dieron durante la conquista, cuando más del 90 % de los peruanos originarios murieron y desaparecieron nacionalidades, lenguas y civilizaciones enteras (algunas sin dejar rastros). Nosotros, hasta ahora no podemos leer los quipus ni hay nadie que conozca el idioma original de los incas (el puquina).

Y mientras a Guzmán se le embellece con dicho título, aún seguimos hablando del palacio y el damero de Pizarro, teniendo una estatua de él al pie del Rímac y mostrando sus restos en nuestra principal catedral (la cual es a él a quien le da prioridad). ¿Y si queremos incinerar los restos de Guzmán, por qué no hacer lo mismo con los de Pizarro, mientras que se decreta erradicar todas las estatuas y nombres de calles o lugares públicos que se hayan dado en honor a genocidas y esclavistas de negros e indígenas?

¿Acaso las democracias de España, Reino Unido o Israel, que han tenido o tienen un historial de conflictos armados, han postulado la quema de terroristas tras haber muerto? ¿Por qué Israel entrega los cadáveres de muchos palestinos a sus deudos y no lanza misiles cuando hay entierros masivos de militantes del Hamas muertos por sus acciones, los mismos que son escoltados por uniformados palestinos armados que gritan que hay que acabar con Israel? ¿Es acaso por debilidad o es porque saben que ello es echar gasolina al fuego?

CICLO DE VENDETTAS

Y, a estas alturas, uno debe preguntarse, cuál es la mejor salida para que el Perú se aleje de ese ciclo de vendettas sangrientas que caracterizó al docenio de “guerra popular” (1980-1992) impulsado por el autoproclamado “Presidente Gonzalo”.

Cuando Alan García decidió matar a alrededor de 300 presos senderistas en tres penales (muchos de ellos rendidos y desarmados), él pensaba que era la “solución final”, pero el senderismo sacó provecho de ello. Con su lema “la sangre derramada no apaga sino irriga”, su movimiento se expandió y se hizo más fanático y despiadado. Luego de ello hasta él tuvo que reconocer la capacidad de mística de los gonzalistas y recomendar a los apristas que sigan tal ejemplo.

Pese a todo lo que se le pueda criticar a Fujimori y a Montesinos, ambos tuvieron la suficiente astucia de no matar ni maltratar físicamente a Guzmán y dejar que él se case con su pareja y número dos del PCP-SL, Elena Yparraguirre. Si le hubiesen acribillado, su imagen se hubiera vuelto un símbolo que hubiese impulsado más violencia. Al hacer algunas concesiones a su situación penitenciaria lograron que Guzmán, al año siguiente de su captura, pida a sus obedientes huestes que dejen las armas, firmen la paz y busquen la actividad legal, cosa que han hecho desde hace más de un cuarto de siglo.

No es cierto que Fujimori no quería negociar con el terrorismo, pues hizo ello y vendió miles de armas a las FARC. El propio Montesinos le escribió de puño y letra una carta a Guzmán pidiéndole que en el 2016 sus seguidores apoyasen la candidatura de Keiko Fujimori, la misma que entonces hablaba de poder aceptar a terroristas arrepentidos.

Montesinos sabe del ejemplo del boliviano “camarada Rolando”, que inició su guerra popular maoísta en el sudeste de su país una década antes de que el “camarada Gonzalo” hiciera lo mismo. Tras su derrota, el Partido Comunista Marxista Leninista de Bolivia creó su propio MOVADEF para intervenir en las elecciones. Este se llamó Frente Revolucionario de Izquierda (FRI), el cual acabó cogobernando con la derecha y postulando como su candidato presidencial al neoliberal Carlos Mesa, quien sería el principal rival del Movimiento Al Socialismo (MAS) en las últimas dos presidenciales (2019 y 2020). El propio Partido Comunista Chino de Mao ha evolucionado de propiciar “guerras populares” a desarrollar lo que pronto puede convertirse en la primera potencia capitalista global.

Si el actual gobierno hubiese permitido que Guzmán recibiera la visita o la atención de su esposa cuando estaba agonizando y ahora permitiese que se cumpla la ley y que ella disponga de su cuerpo se podrían amenguar muchas tensiones. Claro que existe el riesgo de que los senderistas quieran aprovechar el entierro o la tumba para crear un foco de atención. Sin embargo, el efecto de no permitir que se cumpla la constitución y las prácticas cristianas va a revertir ese proceso pudiendo generar una nueva espiral de violencia.

¿QUEREMOS MARTIRIZAR A GONZALO Y A MIRIAM?

Si uno se pone en los pies de un senderista que desea vengar el maltrato a su líder, ¿qué les sería más útil?

Si se le permite una tumba los senderistas saben que van a ser controlados, fichados y filmados cada vez que van a visitarla, que no mucha gente va a ir a su entierro (la única vez que el MOVADEF presentó un candidato a nivel nacional apenas obtuvo 7 mil votos) y que gradualmente su tumba podrá convertirse en una similar a la de otros insurgentes.

En cambio, al violarse la ley se justifica su desprecio por esta y por la democracia. Si se echan sus cenizas al mar, sería una forma de convertir a Guzmán en el Túpac Amaru del Tercer Milenio. Ya en sus redes ellos andan acusando a quienes quieren incinerar el cuerpo de su jefe en los nuevos Areches y que, pese a que los pedazos del cuerpo de Túpac Amaru fueron esparcidos por doquier y que sus familiares fueron castigados, hoy él es un símbolo internacional. También afirman que se trata de una práctica empleada por dictaduras del Cono Sur y similar a la que los nazis empleaban contra los judíos.

De esta manera, van a querer construir la imagen de un nuevo mártir y presentar a su viuda (y nueva jefa partidaria) en víctima. A ella no le dejaron ver a su marido durante sus últimos dos años de vida y la han incomunicado para impedir que haga acciones legales para poder ver su cuerpo o disponer de él.

Todo esto, en vez de ayudarnos a pasar la página del horror que significó para la gente más humilde haber acabado en el fuego cruzado entre subversivos y contrasubversivos, va a generar nuevas semillas para que en algún momento aparezcan nuevos destacamentos o movimientos que quieran reeditar ese ciclo de violencia y vendettas.

Dentro de unos días el nuevo presidente Castillo va a hacer su primera gira internacional hablando ante Naciones Unidas y la CELAC. ¿Es justo empañar su imagen y la del Perú ante estas cumbres mostrándose como la única democracia que rechaza entregar el cuerpo de un terrorista preso a su familia y prefiere incinerarlo y tirarlo al mar? ¿Queremos que nuestros hijos y nietos vuelvan a conocer los horrores que nuestra generación vivió con tantos asesinatos, coches bombas, apagones y demás ajustes de cuentas?

Al presidente Castillo quisieron destruirlo e impedir que llegue a la Presidencia o que se mantenga en el poder bajo la calumnia de que él es un títere del senderismo o del terrorismo. Él ha demostrado que nada tiene que ver con el MOVADEF y por más que se evidencie ello a quienes apoyaron al fujimontesinismo nada les va a satisfacer.

Castillo y Bellido son los primeros hijos de madres campesinas pobres en llegar a la Presidencia y Premierato, respectivamente. Para los que antes avalaron una dictadura antiterrorista les es indispensable tener siempre a un monstruo subversivo contra el cual poder justificar negociados, corrupción y conculcación de derechos sociales y laborales. Si Castillo y Bellido quieren empezar a poner punto final a esa orgía de vendettas, deben ponerse firmes y hacer respetar la ley.

* Isaac Bigio. Politólogo, economista e historiador.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°557, del 17/09/2021  p14

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