Hacia una nueva Constitución

César Hildebrandt

Con su histeria grafómana, sus simios en ristre, sus maldiciones de gitana, la derecha ha señalado el blanco. Ese blanco es la Constitución fujimorista de 1993. Ese es el blanco que hay que abatir. Necesitamos una nueva Constitución porque, precisamente, la derecha la ha convertido en santo grial. ¿Qué tiene de sacro e inmutable un texto hecho en plena dictadura bajo el esquema thatcheriano de que sólo lo privado es bueno y que el Estado es un obstáculo para el emprendedurismo, la libertad y la plenitud de la democracia?

Con la Constitución de 1993 se hizo un himno al sálvese quien pueda y el concepto republicano de la igualdad ante la ley quedó en suspenso. El egoísmo se convirtió en norma, la educación en negocio tramposo, la salud en opción inalcanzable para los más pobres. Boloña inventó las AFP y de inmediato se hizo accionista de una de ellas. Aeroperú se vendió a una mafia mexicana para que LAN comprara los cielos del Perú a precio de protectorado.

Fue Milton Friedman cruzado con Tatán. Era Hobbes leído por Daniel Espichán. Era el reaganismo interpretado por Martha Chávez. Era Pinochet instalado, como Lynch 110 años antes, en el corazón de la política peruana. La derecha nativa amaba a Pinochet. Por eso se casó con Fujimori. Por las mismas razones, hoy es viuda gemebunda del patriarca y amante escarmentada de Keiko, su heredera.

¿Recuerdan el Congreso Constituyente Democrático? Le decían el CCD y allí estaban el PPC (de Cementos Lima y Lourdes Flores) y la amplia mayoría del golpismo cachaco de 1992: Cambio 90 y Nueva Mayoría. También estuvieron el partido de Rafael Rey, la angurrienta sigla de Fernando Olivera, y algunas izquierdas ínfimas como los frenatracos, el CODE, el FREPAP y el SODE. Toda la oposición sumaba 37 votos. El fujimorismo, con sus fuerzas auténticas y las que se auparon en el camino, 43. No había nada que discutir: el proyecto de Fujimori de refundar un país donde la idea de la comunidad de intereses debía ser abolida, se cumpliría escrupulosamente. La derecha encontró en el golpista de 1992 al hombre que andaba buscando desde el asesinato de Sánchez Cerro.

¿Quién presidió el CCD? Nadie menos que Jaime Yoshiyama, el que inventaría la doble contabilidad y el lavado con Ña Pancha de los dineros embarrados que recibiría la organización durante el imperio de Keiko.

¿Quiénes estuvieron a la cabeza de la Comisión de Constitución del CCD? El primero fue Carlos Torres y Torres Lara, el “jurista” siempre ad hoc que pariría, cinco años después, la teoría de “la interpretación auténtica” del artículo 112 de su propia Constitución, maniobra gansteril que le permitió a Fujimori la segunda e ilegítima reelección. El segundo fue Enrique Chirinos Soto, el parlamentario de “Libertad” que propuso vetar a Fujimori por su verdadera nacionalidad (él sabía que era japonés) y que terminó de ujier oral del fujimorismo y de sicario del derecho para tumbarse a los tres dignísimos miembros del Tribunal Constitucional que se opusieron a la “interpretación auténtica”.

¿Quién fue el segundo vicepresidente del CCD? Rafael Rey, una de las voces de Willax, la Fox de los barracones. ¿Y el tercer vicepresidente? Víctor Joy Way, de cuyos tractores chinos tenemos tan metálico recuerdo.

Y jamás olvidemos que el CCD surgió después de que el Perú fuera un apestado en el escenario continental. En esa condición nos había dejado el golpe del 5 de abril de 1992, un zarpazo que la derecha aplaudió a rabiar y que buena parte de los peruanos, para vergüenza crónica de nuestra memoria, también avaló.

De esa polvareda de democracia en ruinas, primeros indicios de corrupción, empoderamiento visible de Vladimiro Montesinos y su banda de forajidos con charreteras, salió la Constitución de 1993. Y a pesar de la prensa reconcentrada y dominante, a pesar de la televisión que machacaba lo buena que era y lo terrible que sería rechazarla, a pesar de tanta vendimia a la espera de una recompensa, a pesar de la propaganda aplastante, a la hora de su aprobación el 47,76 % de los peruanos le dijo a esa constitución creada por el fujimorismo que se fuera al demonio, que no la aprobaba, que no la sentía suya. Dicen que cuando Fujimori se enteró del resultado final, se largó del salón donde estaba y tiró un portazo que hizo temblar goznes y piernas. ¡Habían sido apenas 333,265 votos de diferencia!

Y esa es la Constitución que el fujimorismo y sus descendencias quieren presentar como salida de una zarza ardiendo. Ahora resulta que Moisés Fujimori recibió la gracia de un encargo pétreo e inamovible por los siglos de los siglos. Como si la pandemia no nos hubiese mostrado crudamente la miseria de salud pública que tenemos y la desigualdad intrínseca que hemos creado siguiendo a pie juntillas “el modelo constitucional”.

El mensaje está claro: podremos perder las elecciones, pero no nos podrán cambiar la Constitución. En resumen, no interesa quién esté en Palacio: lo que importa es que el Gran Contrato, la Constitución de 1993, no se cambia. Esa es la garantía que consideramos no negociable. Y si insistes, vamos a la guerra civil, al atoro de la ingobernabilidad, al periodicazo que te noquea cada 24 horas, a la encuesta que te escuelea, al dólar que zumba, a la calificadora que rezonga, a los transportistas que te pararán la sangre, al vargasllosismo de ecos ibéricos. Es decir, vamos con todo, cholo alzado, guanaco sin Harvard, igualado.

Soy un liberal más bien tibio en muchas cosas. Jamás creí en el comunismo y me siento apenas un socialdemócrata arrinconado por las dudas. Pero ahora veo este espectáculo del civilismo salido del sarcófago, del urrismo llegado de los años 30 del siglo pasado, de los señores Larco y los señoritos Aspíllaga, y digo, a lo Romualdo: no puede ser verdad, pero hay testigos. Y añado modestamente: ahora, más que nunca, hay que cambiar la Constitución que perpetró el fujimorismo. Habrá que hacerlo sin Bermejo y sin Cerrón, sin alaridos ni amenazas bolivarianas, sin ahuyentar capitales ni crear pánico, sin Bellido y sin fomentar la inflación o el resentimiento social, pero habrá que hacerlo. Es casi un deber sanitario. Será librarnos de la tutela “principista” impuesta por una banda que saqueó el país y pudrió todo lo que rozó. No quiero la anarquía de un socialismo que juegue con el déficit fiscal y nos lleve a la ruina, pero también me resulta difícil soportar este clima de terror intelectual impuesto por una derecha que castiga la sola propuesta de cambiar algunas cosas. Es como si un hipnotizador malicioso no quisiera despertar a su víctima.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°562, del 22/10/2021  p12

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