Perú: Se fue la locura

César Hildebrandt

Se fue Guido Bellido, tal como lo anunciamos en portada la semana pasada. Y se fue también Íber Maraví, el fenatepo amigo del presidente Castillo.

Se fue la provocación, entra el misterio. Se fue la locura, entra un relativo apaciguamiento.

Dicen que el ministro de justicia fue clave para que el presidente decidiera extirparse el forúnculo que le impedía sentarse con comodidad.

No es tan cierto. Todo indica que Castillo y el ministro Aníbal Torres jugaron en pared.

Según nuestras fuentes, Castillo no sabía cómo librarse del energúmeno que lo contradecía y que alentaba una confrontación que no habría tenido sobrevivientes. De lo que estaba seguro es de que, al lado de Bellido, el precipicio salivaba del gusto que se iba a dar. La derecha golpista no lo decía, pero estaba complacida con ese primer ministro que hacía subir el dólar y bajar las expectativas económicas. Y si mi amigo Pedro Francke hubiese recuperado la libertad, no tengo duda de que habría salido a pedir esa cabeza indeseable. Los deberes de estado, hay que entenderlo, fuerzan a veces al silencio de las cortes.

El asunto es que el fin de semana pasado Castillo le habría pedido al ministro Torres que se presente en radio Exitosa, de sorpresa, y anuncie que no iba a haber cuestión de confianza por Íber Maraví. El ministro, en el colmo de la discreción, no le habría avisado ni siquiera a su equipo de prensa.

Hecho el anuncio radial de Torres, el primer ministro salió de inmediato a contradecirlo sosteniendo que esa había sido una opinión personal. Lo que Bellido envió como mensaje era que la cuestión de confianza era inminente. El gobierno se desgarraba una vez más.

La reacción visceral de Bellido terminó con su breve carrera de bolchevique al mando. Tras su mensaje por enésima vez inaceptable, Castillo y Torres se juntaron por la noche y ajustaron los cambios del gabinete. La actual presidenta del consejo de ministros, que ya había sido tentada un par de veces, creyó que esta sería otra llamada inútil.

No sabemos qué esperar de este nuevo gabinete. Lo que es un dato duro es que Castillo se libró de Bellido, sacrificó a su amigo Maraví y le quitó a Vladimir Cerrón una cuota decisiva de poder. Simultáneamente, creó un cisma en la bancada oficialista y tendrá que enfrentar, esperamos que a pie firme, la venganza del cerronismo parlamentario.

Se trata de un gesto conciliador que el país demandaba y que ha sido un bálsamo para quienes se especializan en pronósticos económicos.

La derecha, por supuesto, no está feliz.

Lo que la derecha quiere es, como siempre, todo. Sueña con ver a Castillo como Cosito, el comandante que lo único que mandó a parar fue la decencia.

Y si Castillo no quiere ser Cosito, entonces la derecha dirá que tal ministro es un topo del extremismo y que tal otro fue discípulo de Javier Diez Canseco y que todo se trata de un operativo de distracción para implantar el castrochavismo ayahuasquero con que quiere asustarnos cada día.

Allí está el almirantito Cueto, comandante supremo de las mares ignotas, diciéndole a Jaime Chincha que la farsa está clara, que seguimos en manos del comunismo y que, entonces, la opción de la vacancia está ilesa.

Como el comandantito, así piensa el esbirraje escrito de mister Chlimper, la CONFIEP y sus heterónimos.

Lo que la derecha quiere es ganar las elecciones cuatro meses después de haberlas perdido.

Por eso es que algunos de sus mercaderes en “Correo” o “Perú 21” dicen que, aun con estos cambios, seguimos ante un gobierno peligroso y de izquierda. Y en lo mismo está Canal N, alias Canal M, y estará este domingo aquel Cuarto Poder que es hoy la quinta rueda.

Sí, pues, cuchufletos: este es un gobierno de izquierda. Resulta que vuestra candidata, la de ustedes y la de Vargas Llosa, señor de los crepúsculos, perdió en junio por 44,000 votos.

Eso significa que Carranza no puede ser ministro de Economía, que Tía María no puede imponerse a puro balazo, que los ministros no saldrán sólo del Regatas y que la Constitución de 1993 se puede modificar, para bien, sin que el mundo reviente en lavas terminales.

Ahora bien, con 44,000 votos de ventaja el señor Castillo tampoco puede esperar que el socialismo búlgaro sea nuestro destino. Ha sido elegido para cumplir con sus promesas de cambio en el marco del respeto a la ley. Eso supone que el sueño soviético de Vladimir Cerrón era irrealizable y que las mejoras a la Constitución habrá que hacerlas por las vías congresales que esa misma carta estipula. Ya es bastante imaginar que un gobierno salido de las urnas intente humanizar el capitalismo bestial que hemos adoptado como norma. Ya es heroico pensar que un gobierno legal logre cerrar algunas brechas inicuas de la desigualdad. Si Castillo perfora el cono del silencio con que la derecha quiere abolir todo debate, pasará a la historia y el pueblo que lo votó apreciará su huella.

Castillo tiene ante sí la gran oportunidad de demostrarnos que no tiene vocación por el caos, que eso es lo que ha sido su gobierno con Bellido en la PCM y Cerrón metido en el sombrero. Existe la posibilidad, ahora, de que la izquierda popular, antiacadémica y campesina, la que ganó las elecciones, pueda actuar al lado de gente dotada para la gestión pública. Eso puede suponer que los principios, el realismo y la inteligencia se junten para una conspiración virtuosa en beneficio del cambio.

Castillo tiene que entender que no recibió un cheque en blanco que le permita construir el socialismo manirroto y suicida del chavismo. Una cosa es negarse a ser Cosito. Otra es creerse Benito Juárez, el presidente también indígena que ganó dos guerras –la de Reforma y la que libró ante la invasión francesa– y que, a pesar de todos sus inmensos méritos, terminó enamorado del poder hasta el punto de torcer elecciones y hacer trampa.

Si dentro de un mes las temperaturas se caldean, la economía se maneja irresponsablemente y la presencia del MOVADEF persiste en algunos sectores, sabremos entonces que el verdadero problema es Pedro Castillo. Será el momento de discutir de otra manera.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°560, del 08/10/2021 p12

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