Perú: AP, no una sino muchas muertes

Rodrigo Núñez Carballo

Mi primer encuentro con la política fue a los 6 años. Estaba en el aeropuerto de Limatambo esperando la vuelta de mis padres de algún viaje y me topé con una multitud que aplaudía y vitoreaba a un señor alto y bien plantado. Supongo que sabía de su existencia y que al oír su nombre lo reconocí, e impelido por una fuerza misteriosa grité a todo pulmón: ¡Viva Belaúnde! En el acto el político me cargó y me dio un par de palmadas en la espalda. Olía a una mezcla de chicle y loción cara, recuerdo. Luego me bajó de sus brazos y la escena se difumina como en una película antigua. Nunca he querido juzgar esa travesura, pero quizás sólo fueron las infantiles ganas de llamar la atención…

En las elecciones del año 1962 un vecino ofreció llevar a los chicos del barrio a la gran caravana acciopopulista nada menos que en la tolva de su camioneta. Todos aceptamos. Después de pasearnos por todo Barranco llegué con dolor de garganta a mi casa. Había gritado mucho en el recorrido y me quedé afónico como tres días. Los resultados del siguiente domingo llenaron el país de incertidumbre. Había casi un triple empate entre Haya, Belaunde y Odría. El Congreso tendría que dirimir la disputa y era casi segura la alianza entre el Apra y la derecha más conservadora. Un aire de decepción cruzaba los ambientes reformistas, seducidos por las promesas de cambio del jefe de Acción Popular. Belaunde optó por huir hacia adelante y a la voz de fraude levantó barricadas en su patria chica, Arequipa. Mientras tanto el conteo de votos se demoraba y los militares deliberaban. Cómo aceptar a Haya en la presidencia, al terrorista del treinta, al conciliador de los cuarenta, al componedor de los cincuenta, si además había sido el enemigo histórico de las FF.AA. Los mastines desoían al intempestivo jefe del bloque conservador. La historia se había dado vuelta.

Diez días antes del cambio de mando, y sin ganador a la vista, las FF.AA. dieron su primer golpe institucional y desalojaron a Prado del poder con la promesa de convocar nuevas elecciones. La junta de gobierno presidida por el general Ricardo Pérez Godoy pareció legitimarse rápidamente. Atizó el miedo al comunismo siguiendo las instrucciones del Comando Sur de los Estados Unidos, reprimió duramente al movimiento campesino de la Convención y a los primeros brotes guerrilleros, aunque dejó la puerta abierta hacia tibias reformas. Sin embargo, la convocatoria a comicios casi se frustra. El general Pérez Godoy se engolosinó con el poder y quiso perpetuarse en Palacio, pero rápidamente fue alejado y sustituido por otro alto mando, el general Lindley, que sólo tenía un objetivo: instalar a Belaunde en el poder, lo que se consumó a los pocos meses.

No había pasado mucho tiempo desde la proclamación del nuevo presidente cuando un día llamaron a mi madre desde Palacio. El presidente quería hablar con ella y la citó en el Parque de las Leyendas, que por entonces era un enorme campo de cultivo cruzado por un camino inca y lleno de huacas alrededor. Mi madre fue a la cita puntualmente e hizo que yo la acompañase. Bajamos del taxi apuradamente en medio de un terral y pocos minutos después salió el primer mandatario de un viejo Cadillac negro. Yo estaba emocionado de conocerlo, pero ni caso me hizo. El parque era por entonces la niña de sus ojos, una suerte de marginal pero en chiquito. Peroró como quince minutos sobre las virtudes de un área de expansión para Lima, habló de la conquista del Perú por los peruanos y de la necesidad de integrar costa, sierra y selva. Mi madre lo escuchó con atención, y tras ubicar un vacío en el monólogo presidencial, replicó: ¿Y para qué soy buena? Cota, quiero escenificar un cuento tuyo en el parque. Sí, Oshta y el duende, que es muy representativo de las leyendas del Ande. Una sombra de satisfacción se escapó a mi vieja. Pero hay un problema, intervino Belaunde. Solo tienes quince días para hacerlo. ¿Yo? Sí, tú. ¿Quién más? Me sorprendió tanta familiaridad. Después me enteré de que la primera mujer de Belaúnde, Carola Aubry, había sido amiga de mi madre y que pintaba muy bien. Tenía unos magníficos paisajes al óleo de inspiración iqueña, pero la vida frívola terminó matando la vocación artística.

Un par de semanas más tarde, tras arduas jornadas incluso nocturnas y con ayuda de dos costureras cusqueñas, terminó el trabajo. Diseñó y “esculpió” las figuras de tamaño natural con yute, paja y algodón y las vistió con bayetas de Castilla, dando forma a la madre india, al niño, al etéreo duende, al puma y a las ovejas. Como en una representación de títeres gigantes los personajes fueron entrando a un camión rumbo al novísimo parque. La inauguración fue un éxito, pero la paga muy exigua. Tuvo problemas para cobrar y Belaunde jamás le agradeció.

Siempre acusaron a Belaunde de vivir en una nube y era cierto. Era un nefelibata. Se le paseaba el alma mientras la coalición Apra-Uno lo iba avasallando y castrando toda posibilidad de reformar nada. Uno a uno, fueron cayendo los gabinetes y con ellos las ilusiones de sus antiguos votantes. Reaccione, señor presidente, clamaba su base mesocrática, pero el mandatario terminó mimetizándose con sus detractores, coordinados por el inefable Eudocio Ravines. La crisis política se exacerbaba, el déficit en balanza de pagos se ahondaba y la impericia de Belaunde en materia económica era proverbial, hasta que lo inevitable sucedió. Vino la devaluación del año 1967, que engordó a los agroexportadores, dinamitó el consumo y terminó de agujerear el gobierno del arquitecto. La gente más inteligente y crítica terminó yéndose y fundaron Acción Popular Socialista con una dirigencia conformada por Edgardo Seoane y Gustavo Mohme. Después vino el sonado asunto del Acta de Talara y la pérdida de la página once del contrato suscrito entre la International Petroleum y la petrolera fiscal. El arreglo largamente esperado tenía trampa y precipitó la caída del régimen rehén pero también de sus secuestradores parlamentarios. Cuando Velasco tomó Palacio aquel 3 de octubre de 1968 el presidente estaba durmiendo y nadie atinó a defender su régimen, salvo unos pocos ministros defenestrados.

Una noche negra se abatió sobre Acción Popular. Fue la primera de sus sucesivas muertes. Desde entonces dejó de ser la expresión de las clases medias reformistas y prácticamente desapareció del espacio político. El expresidente debió soportar una década de ostracismo, primero en Buenos Aires y después en Texas, tiempo que aprovechó para casarse con su antigua secretaria y consejera, Violeta Correa, lo que le permitió un exilio tranquilo o simplemente amable. Diez años después, una jugada maestra lo catapultó de nuevo a la política cuando se negó a participar en las elecciones a la constituyente de 1978, que los militares habían organizado para volverse a los cuarteles. Mejor guardarse para las presidenciales del año ochenta, dicen que fue la recomendación de Violeta Correa. Para qué exponerse a una negociación con un régimen castrense profundamente impopular que estaba de salida. Y la chuntó. Mientras tanto, tuvo tiempo de reflotar su organización partidaria, Acción Popular, pero esta tenía una argamasa social diferente. Detrás del arquitecto estaba el gran capital monopólico encarnado en la figura de Manuel Ulloa, que manejaría las riendas de la economía con el concurso de precoces neoliberales, Kuczynski entre ellos, sí el mismo que se había encargado de sacar ilegalmente del país casi 40 millones de dólares en fondos embargados tras la expropiación de la International Petroleum.

En la segunda fila del acciopopulismo ya no estaban las clases medias provincianas, sino una amorfa masa de arribistas que sólo pretendían dinero, cargos, dádivas, y que trabajaban casi siempre al margen de la legalidad. En pocas palabras una suerte de lumpenaje local y provincial cuya única brújula era el enriquecimiento personal y que era reclutado por la red de comedores populares que eficientemente manejaba la primera dama. El restablecimiento de las elecciones municipales les daba cabida y espacio político para aumentar su cuota de poder. Ya no se trataba de una federación de independientes sino de una convergencia plebeya, que reunía desde los bajos fondos hasta hambreados exhacendados, que incluía también a figuras del narcotráfico y el desfalco local. Los conocí de cerca durante la gestión municipal de Barrantes. Acciopopulistas eran los principales traficantes de terrenos en las barriadas. Evitaban la formalización de los nuevos asentamientos para seguir vendiendo lotes y usando como masa de maniobra a los necesitados de una vivienda. A su lado, los burócratas hacían su agosto manteniendo una red de abogados y tinterillos. La corrupción hormiga tiene una larga tradición en AP.

Muchos no recuerdan el desastre que fue el segundo belaundismo. Masacres, corruptelas y devaluaciones, el crecimiento despiadado de Sendero y el empobrecimiento masivo para llenar las arcas del FMI y la banca trasnacional. Luego vino el mesiánico Alan a pretender arreglar el desaguisado y la heterodoxia económica sólo nos llevó al descalabro, al dólar Muc, el BCCI, el tráfico de Mirage y las enormes colas para comprar pan o leche ENCI. El camino estaba listo para el ascenso del fujimorismo y el autogolpe de 1992. La clase política había fracasado con estrépito y prueba de ello fue la extinción del FREDEMO, del cual formaba parte el belaundismo. Acción Popular volvía a morir una vez más.

Hacia el año noventa tuve mi tercer encuentro con el señor que me había cargado de niño. Se me ocurrió hacerle una entrevista para una pequeña revista que dirigía, y ubiqué a Violeta Correa a través de una amiga que era su sobrina. Entonces ya no me interesaba el personaje como político sino como persona, como profesional, el hombre íntimo, digamos. Por entonces ya no vivía en su modesta casa de Inca Rípac 100 de Jesús María, sino en una modernísima torre sanisidrina. Toqué el intercomunicador, subí el ascensor y aparecí en medio de una enorme sala con una magnífica vista que se repartía entre el Golf y el Olivar. Belaúnde estaba en una esquina y me atendió con cierta displicencia mientras ella me servía un café y escuchaba las disquisiciones de su marido. El patricio ya superaba los ochenta años, tenía la memoria intacta y la vanidad dilatada. Le pregunté sobre su temprana estadía en Francia, y la arquitectura peruana, sobre el Perú del futuro, pero él esquivaba las preguntas con destreza e insistía en hablar en términos autorreferenciales: su obra vial, el afecto que recibía, sus lemas triunfales. Lo hacía con un tufillo que comenzó a enervar hasta a su propia esposa. Basta, Fernando, cansas con tanto yo, yo, yo. Responde lo que el entrevistador te pregunta. Pero fue en vano, Belaunde vivía en la república de un ego inconmensurable y se había construido un país imaginario cuyos pilares eran la palabra hueca y el gesto suntuario. No, no era un personaje interesante, a la manera de un Haya o un Bustamante y Rivero. La inteligente era ella, la estratega, la que morigeraba sus devaneos narcisistas, la mujer práctica que lo devolvía a la realidad y le permitió sortear mal que bien su segundo gobierno.

Fue duro el fujimorismo para partidos como Acción Popular. Disputaban la misma base social provinciana y la desmovilización que Fujimori fomentaba ahogó los locales partidarios. La situación solo comenzó a recomponerse hacia 1995, con la candidatura de Pérez de Cuéllar a la presidencia. El hijo político del diplomático, Alfredo Barnechea, oficiaba de puente con el belaundismo. De hecho, lograron recuperar algunos escaños perdidos y tras el colapso de la dictadura en el 2000 ocurrió un verdadero milagro. Uno de los pocos hombres probos y sin ambiciones del acciopopulismo terminó elegido presidente de la república. Valentín Paniagua no lo hizo mal, se alió con el centro y con la izquierda pero no consiguió desmontar el fujimorismo. El cusqueño calculó que no tendría las fuerzas necesarias y se conformó con llevar a buen puerto una transición ordenada. Más que hombre de partido era una personalidad convocante y al frente tenía a un enemigo muy duro, el fujimorismo mental que había calado en los cerebros de casi toda la clase política.

Tras entregarle el bastón de mando a Toledo y muerto ya el fundador del partido, poco podía esperarse de sus bases, cimbreantes, torcidas, duchas en el arte de la componenda y el arreglo bajo la mesa, la licitación amañada, el amiguismo, el interés creado. Hay tantos de esa calaña.

La descentralización toledista fue una buena oportunidad para el rearme del belaundismo sin Belaunde. Coparon municipios y gobiernos regionales, extendieron su red clientelar, pulularon en los intersticios negros de la legalidad: el tráfico de terrenos, las obras sobrefacturadas, el tráfico de influencias. Son pocos los que se libraron de esa suerte de medianía intelectual, ambición torpe y aprovechamiento personal del cargo, virtudes que tan bien encarnara el tristemente célebre Merino, que solo pudo medrar cinco días del poder. Quizás solo se escapen de la norma Mesías Guevara y el puneño Lescano. El resto constituye una gavilla de merinos proliferantes de pobre desempeño, muchas ambiciones y escasa inteligencia. Basta ver el nivel de María del Carmen Alva o el de Darwin Espinoza, el lugarteniente de “Los Niños”. Fea manera de morir la de un partido que nació al calor de una lucha antidictatorial y triste epílogo para el protagonista del recordado manguerazo de junio de 1956 en la Plazuela de La Merced.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 648 año 14, del 11/08/2023, p15

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