La Amazonia, la periferia de la periferia

Alberto Acosta

Para los fines prácticos, en términos de la búsqueda del desarrollo, los países ribereños del Amazonas han tratado a esa región como su periferia, nos recordaba con frecuencia Carlos Walter Porto-Gonçalves, un gran maestro y un infatigable compañero de lucha. La Amazonía es una suerte de enorme territorio de sacrificio. De allí se obtienen recursos para financiar las economías. También funciona como una válvula de escape de los graves problemas sociales que se viven en otras regiones casa adentro, por ejemplo, se abrió la puerta a su colonización en lugar de impulsar verdaderos procesos de reforma agraria en otras regiones. La Amazonía, en suma, como resultado de una historia interminable, que empezó desde la primera época colonial y que se mantiene en las actuales repúblicas, carece de opciones propias para su desenvolvimiento autónomo.

Algo de historia no estaría mal. El “descubrimiento económico” de la región amazónica, se cristalizó justo un siglo después del viaje de Francisco de Orellana por el río Amazonas. El jesuita Cristóbal de Acuña, enviado especial del rey de España y que está enterrado en Lima, informó a la corona sobre las riquezas existentes en los territorios “descubiertos”. En su reporte de 1641, conocido en la actualidad como Nuevo descubrimiento del Gran río de las Amazonas, a más de describir a los diversos pueblos y culturas que encontró en su camino, mencionó con enorme entusiasmo la existencia de maderas, cacao, azúcar, tabaco, minerales… recursos que aún alientan el aprovechamiento de los diversos intereses de acumulación nacional y transnacional de la Amazonia.

Superada la época colonial, en la etapa republicana, la carrera tras de “El Dorado” se mantuvo y sigue imparable. Basta ver como nuestro estilo de “desarrollo” predominante se basa en extraer cada vez más recursos naturales de dicha región privilegiada por su biodiversidad y la multiplicidad de sus culturas originarias. Si bien en muchos casos las tecnologías cambian, se repite un patrón que se remonta a la época colonial: la mayor parte de los recursos son apropiados de forma brutal para ser exportados. Y esto se acelera al ritmo de una cada vez mayor demanda proveniente en especial de los centros del capitalismo metropolitano y también presionado por el creciente peso de la deuda externa. Lo angustioso e indignante es que, desde los centros de poder nacionales e internacionales, se la asume a la Amazonía como una tierra “vacía” o baldía, que está allí para ser conquistada y desarrollada. De facto se invisibiliza la presencia de los pueblos originarios.

La región amazónica es tratada, en la práctica, como una periferia en todos los países amazónicos, que son a su vez la periferia del sistema político y económico mundial.

Por otro lado, el discurso sobre la importancia global de la Amazonia, tan repetido en múltiples foros internacionales, se derrumba ante la realidad de un sistema que al revalorizar sus recursos en función de la acumulación de capital pone en riesgo la vida misma en dicha región y en el planeta entero. Tengamos presente que las tasas internas de retorno del capital -sean actividades extractivistas o no- son muchísimo más elevadas que la capacidad de recuperación de la Naturaleza.

En este contexto, a los despiadados extractivismo petrolero, minero, forestal o agroexportador se suman formas “modernas” de creciente mercantilización de la Naturaleza, como son, por ejemplo, los diversos mercados de carbono, propios de la tan promocionada “economía verde”. Al llevar la conservación de las selvas al terreno de los negocios, se mercantiliza y privatiza el aire, los árboles, la biodiversidad, el suelo, el agua e incluso elementos de las culturas originarias, por ejemplo, a través de la biopiratería, que es otra forma brutal de explotación colonial. Todo esto amplía permanente la frontera de la colonización.

La extracción masiva y depredadora de recursos naturales arrasa con los territorios, causando no solo del empobrecimiento de sus habitantes, sino de la desaparición de muchas culturas.

Sin embargo, esa misma Amazonía, que no se caracteriza por su homogeneidad, contiene muchas esperanzas. Frente a tantos atropellos emergen múltiples luchas de resistencia que la vez son acciones de re-existencia. La lista de acciones y opciones alentadoras es larga. Mencionemos un par.

Los pueblos de la región, en la práctica, constituyen la verdadera vanguardia de la lucha en contra del colapso ecológico. Al proteger las selvas garantizan el equilibrio ecológico y la biodiversidad mucho más que cualquier acción nacional o internacional. Y no solo eso, estos pueblos son portadores de otras formas de vida orientadas por relaciones de armonía en sus comunidades y con la Naturaleza, propias de lo que conocemos como el buen vivir: sumakkawsay, kawsak sacha, pénkerpujústin…

Entendámoslo, las relaciones de los pueblos originarios con sus territorios son culturales y no simplemente “naturales” como pretende ver una suerte de ingenuo imaginario urbano; sus selvas son el resultado de un complejo tejido de permanentes y cambiantes reciprocidades entre seres humanos y no humanos, incluyendo el mundo de los seres espirituales. La Madre Tierra o Pacha Mama, en suma, no es una simple metáfora, para los pueblos originarios es una realidad de la que tenemos mucho que aprender. Y en ese contexto amplio debemos entender lo profundo de sus luchas para defender sus territorios.

El caso del pueblo kechwa de Sarayaku en Ecuador es un ejemplo de resistencia y re-existencia notable: desde hace varias décadas las comunidades de ese territorio han conseguido frenar y expulsar a las petroleras que han incursionado una y otra vez auspiciadas por diferentes gobiernos. Simultáneamente han consolidado opciones de vida que transcienden sus fronteras, como lo es el kawsak sacha o selva viviente. Su accionar se ha complementado con avances notables en el terreno jurídico, inclusive en el ámbito internacional, pues Sarayaku logró en el año 2012 una sentencia histórica y ejemplar en el seno de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que condenó al Estado y que estableció varias reparaciones.

Para tener otro ejemplo reciente de estas luchas, incluso dentro del laberinto de la institucionalidad jurídica de los mismos países amazónicos, bastaría con mencionar la gran victoria de los pueblos indígenas en Brasil. La mayoría de los jueces del Tribunal Supremo rechazó la pretensión del poderoso sector agropecuario que reclamaba establecer un límite temporal a la reclamación de tierras por parte de los indígenas. Querían impedir que los pueblos originarios puedan reclamar tierras que no habitaran en 1988, cuando se aprobó la Constitución.

El histórico triunfo en la consulta popular por el Yasuni para frenar la explotación petrolera y desmontar las instalaciones allí construidas es otro caso digno de ser resaltado; una idea que emergió con fuerza desde hace más de dos décadas. Nos referimos a esa larga lucha desarrollada por la juventud y por diversos grupos de la sociedad ecuatoriana, incluyendo comunidades indígenas amazónicas y de otras regiones de Ecuador. Un verdadero ejercicio de democracia directa, en el marco de lo establecido en la Constitución del 2008, sobre todo luego del fracaso de la conocida como Iniciativa Yasuni-ITT en el año 2013, que le quedó muy grande al gobernante de que la propuso oficialmente. Un triunfo que ahora exige redoblar la lucha porque los poderes fácticos se resisten a cumplir el mandato popular.

También se podría mencionar la conformación de varios territorios sagrados para proteger a los pueblos originarios, sobre todo en aislamiento voluntario. Ese es el caso dela reciente conformación de la Reserva Indígena Sierra del Divisor Occidental – Kapanawa en el Perú, que protegerá el territorio, la vida y ecosistemas de los pueblos aislados que habitan la zona de Loreto y Ucayali.

En este punto debemos preguntarnos hasta cuándo se impondrá la larga noche colonial en la Amazonía. Sin negar la importancia de las zonas intangibles para proteger comunidades indígenas, no podemos menos que reconocer que son acciones enmarcadas en el espíritu de la conquista y la colonización que sigue vigente en Nuestra América. Se establecen reducidos protectorados para garantizar la vida de los verdaderos dueños de esos territorios… cuando en realidad necesitamos otra visión frente a la Amazonía, superando aquella función impuesta de territorios de sacrificio.

Un primer paso para comprender y proteger la Amazonía, demanda, entonces, otra aproximación. La autonomía de los pueblos originarios debe ser entendida a plenitud para que pueda ser efectivamente garantizada por los Estados, que más temprano que tarde deberían transitar a su reconfiguración en Estados plurinacionales. La riqueza de la Amazonía, que no debería en ningún caso subordinarse a la -por demás inútil- búsqueda del desarrollo, definitivamente, no está en sus recursos naturales negociables, sino en su diversidad cultural y ecológica. Y eso nos conmina también a hacer una lectura de la significación global de la Amazonía.

Esta región, sin ser el tan mentado pulmón del mundo, funciona como un gran filtro del dióxido de carbono cuya importancia planetaria es indiscutible. Además, su masa selvática actúa como uno de los más importantes reguladores del clima mundial. Por eso, debido a su magnitud y al volumen de su biodiversidad, la creciente destrucción de la Amazonía tiene repercusiones que afectan el equilibrio ecológico global. Y sus ríos, verdaderas cuencas sagradas de vida, que no pueden ser encasillados en las artificiales fronteras de los países amazónicos, conforman un complejo entramado que asegura la existencia de seres humanos y no humanos, incluso fuera de su área geográfica.

Entonces, el compromiso con la Amazonia es también un compromiso con el mundo. Una realidad que demanda acciones nacionales y regionales responsables con esta región, sin aceptar en ningún caso imposiciones que podrían configurar nuevos imperialismos, en este caso inclusive de corte ecológico. Eso si, quienes deben asumir el liderazgo y control de las acciones para protegerla recae en sus habitantes -sobre todo los pueblos originarios-, en tanto gestores de cualquier proceso de transformación, sin injerencia externa por más bien intencionada que parezca. La tarea, en suma, demanda revertir el largo, doloroso y desastroso sendero de la conquista y colonización. La emancipación de las periferias es cada vez más urgente.-

Alberto Acosta. Economista ecuatoriano. Presidente de la Asamblea Constituyente (2007-2008). Juez del Tribunal Internacional de los Derechos de la Naturaleza.

Artículo publicado en la revista AMAUTA Siglo XXI. Vocero de los socialistas mariateguistas

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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