Perú: La política es una juerga

Juan Manuel Robles

Y como jugando, hoy el Perú está a puertas de una tormenta perfecta. Es algo que a veces viven los países y ciudades, y que marca su historia. Algo como, digamos, lo que vivió Miami a fines de los años setenta. La combinación macabra. Una economía deprimida, en crisis, con el desempleo en alza, y un problema de migración que, de tan agudo, se vuelve territorial. Y al mismo tiempo, subrepticiamente, una economía boyante, en crecimiento, donde corre mucho dinero. Por un lado cunde la falta de oportunidades y por el otro, nuevas vías de progreso emergen, modos fantásticos de ascenso social circulan por allí. Y hay tanta plata que los organismos de control se corrompen. Es un mundo del que no se habla pero que se hace cada vez más sólido. El mundo del crimen organizado y el de su versión light: el de las actividades económicas turbias que se resisten a cualquier regulación. Un mundo con jerarcas que la pasan bomba junto a sus amigos políticos. La consigna: beber hasta morir, beber hasta sacar la pistola.

En épocas así se normalizan ciertas cosas. Se normaliza, por ejemplo, que el fiestón de cumpleaños de un excongresista que parrandea con su novia —que es congresista actual— termine a balazos. Y que el perpetrador sea hermano de otro postulante a cargos públicos (amigo del cumpleañero). Que la dueña del local sea regidora distrital, hija de un político amigo de Montesinos. Un montón de gente que un día puso su mejor sonrisa para la foto del panel que los mostraba como candidatos. La fiesta democrática, le dicen.

Se normaliza, digamos, que mientras los niveles de vida son peores, un grupo de gente la pasa bomba: privilegiados que viajan por el país con séquito y personal de seguridad (y que a veces tienen la mala fortuna de descompensarse). Es una realidad cada vez más visible.

En tiempos como este, seducen las nuevas posibilidades de ascenso social. No solo en el crimen, que tiene sus riesgos, sino en la política, donde uno puede convertirse en facilitador de los negocios, sin quemarse tanto.

No nos engañemos: eso es lo que más atrae a muchos jóvenes a meterse a la política ahora. El fujimorismo lo entendió. No solo han creado la Escuelita Naranja sino que ahora también acaban de anunciar la Pre, en la que reclutan adolescentes de entre trece y diecisiete años. El programa incluye liderazgo y oratoria, pero, por supuesto, lo implícito es que militar en la organización —una organización criminal, a decir de los fiscales, un partido que reivindica a un delincuente preso— es una ruta perfecta para el cambio de estatus si eres mosca. Si haces los méritos y logras hacerte visible, si “borras” grafitis en el momento adecuado, puedes dar el salto. Si te esfuerzas, tú puedes ser la próxima Rosangella Barbarán, una joven realidad del nuevo fujimorismo.

Desde esta orilla —la de la palabra y cierta sensibilidad, la del deseo del bien público— uno sigue creyendo que la política consiste en acabar con los males de la sociedad. Somos dinosaurios lerdos. Esta gente ha superado este razonamiento tan cojudo. La política no está hecha para combatir males, sino para ponerle cupos y compartir los dividendos. Es aceitar lo que haya que aceitar a cambio de beneficios. Es pactar, es tomar lo que es tuyo y asegurar la vejez, eso que la gente aburrida llama “enriquecimiento ilícito”.

Los adoctrinadores que aprovechan este estado de las cosas —y usan a su favor la promesa no dicha del dinero fácil— tienen una gran ventaja respecto a los caviares e idealistas. Jamás te juzgarán, muchacha con ganas de salir adelante. ¿Fuiste tendera? Eso quedó en el pasado. ¿Quién es perfecto?

Así, en esta economía paralela, se va formando un nuevo tipo de respetabilidad, que no tiene que ver con la pompa del prestigio. Lo dijo bien el buen Marco Sifuentes en su programa. La verdadera Encuesta de Poder no es la de “Semana Económica”. Es la de los bacanales de este submundo, los clanes, los primos adoptivos, los cuñaos. La jarana es suya.

Y el poder atrae. Crea émulos. Escuelitas. Semilleros. Qué gran idea la del fujimorismo, hay que reconocerlo. En un país sin rumbo, lo único que brilla en el horizonte son estos cantos de sirenas (de sirenas policiales).

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 656 año 14, del 06/10/2023

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