¿Dónde estás Adam Smith?

Richard Webb

Mi profesión –la economía– está sobrevaluada. Su ránking ha descendido en las preferencias de carrera universitaria, pero en la opinión pública sigue teniendo una valoración exagerada. El problema es que el manojo de postulados simplones que constituyen la esencia de esa ciencia se encuentra cada día más desubicado ante el cambio gigantesco de la economía mundial.

El descalce entre teoría y realidad se aprecia en varias tendencias imprevistas –un desarrollo limitado de la manufactura y, en consecuencia, una oferta de trabajo industrial limitada, un grado de urbanización mucho mayor a lo esperado, y un surgimiento de actividades de servicios– que están generando un volumen de empleo no esperado y altamente individualizada, pero que no se prestan a los apoyos estatales pensados para las actividades más tradicionales de la agricultura y manufactura.

El desarrollo productivo total ha sido sustancial, quizás incluso sobrepasando las expectativas, pero el perfil de ese crecimiento ha sido una sorpresa y no todas las actividades se prestan a las formas tradicionales de apoyo. En particular, no estaba prevista la multiplicación extraordinaria de las actividades de servicios, ni la limitada demanda de mano de obra de las fábricas, ni la multiplicación de trabajo en servicios en vez de trabajo en las fábricas, ni la concentración de población en ciudades.

El fenómeno de la urbanización ha sido un cambio de rapidez y alcance territorial sin precedente, y que deja en el aire a muchas de las preconcepciones de la llamada ciencia económica. En su versión más elemental, el esquema teórico del desarrollo económico postulaba una evolución desde una economía agraria basada en el campo a la industrialización basada en las ciudades. La migración del campo a la ciudad era parte necesaria del libreto, pero lo que ha desconcertado es, primero, que el volumen de migración ha sobrepasado de lejos lo esperado, y segundo, que la expansión de las fábricas ha sido mucho menos de lo esperado. El sector manufacturero representa apenas el 12% del producto total peruano, cifra igual a la de Colombia y superior al 10% de Chile, pero es casi la misma que el promedio para los países más desarrollados de la OCDE. Se deduce, así, que los servicios constituyen la gran parte, casi dos tercios de la actividad productiva del mundo.

De otro lado los niveles de urbanización sobrepasan el 80% de la población en casi todos los países de la OCDE, y en gran parte de Sudamérica. En el Perú la tasa llega al 79%, pero en Brasil, Chile y Colombia sobrepasa el 80%. La famosa industrialización como camino al desarrollo ha terminado siendo un error mayúsculo de previsión.

Sin embargo, podríamos decir que el error ha sido de los economistas, pero no de la economía misma. El valor de la producción total y los niveles de ingreso por persona en casi todo el mundo han venido aumentando sustancialmente a pesar de tener como base una economía principalmente de servicios. Para el economista, el resultado productivo mayormente merece una felicitación, pero una reacción muy común es un “pero”, una queja. Por alguna razón poco explicada, la producción de servicios no tendría el mismo valor que la producción de alimentos o de las minas o de las fábricas. La reacción choca contra el credo del economista de que el consumidor es rey.

En todo caso, se sabe hoy que la urbanización masiva en la mayor parte del mundo se ha producido junto con una sustancial desindustrialización, que el motor principal del desarrollo económico no es la manufactura sino la producción de servicios, y que el traslado masivo de la población campesina a las ciudades ha sido consistente con un fuerte aumento en los niveles de ingreso de la mayoría de la población. El trabajo futuro del economista será más productivo en la medida en que acepta esa realidad.

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