Perú: Terruqueo distractor

Juan Manuel Robles

Lo que acaba de ocurrir en Ecuador me hace pensar en lo obsoleto que resulta el terruqueo peruano. Siempre me ha parecido repudiable llamar senderista a quien no lo es, usando el miedo que existe por el recuerdo histórico del conflicto armado de los ochenta y noventa, el temor por el trauma de los atentados, los coche bombas y las ejecuciones a autoridades, para criminalizar al enemigo político y limitar su capacidad de protesta. Hay algo muy ruin en esa práctica, peor cuando la estigmatización no viene solo de algún columnista tarado sino de un agente de la Policía que puede tomar medidas con consecuencias concretas, terribles e irreversibles.

Pues hoy me da más rabia esta práctica en la que se hermanan fujimoristas sociópatas y progresistas con miedito. Porque además de haberles arruinado la vida a personas inocentes, me he dado cuenta de que caer en eso distrae la atención y contribuye al autoengaño de todo un país. Gracias a esas campañas —que rebotan felices los medios hegemónicos—, mucha gente cree que quienes protestan son el gran enemigo, que son ellos quienes tienen la capacidad de volver a causar el infierno que conocimos bien, el colapso que tuvimos cerca. Se vende —y se compra— la idea de que la policía cumpliendo su trabajo “contrasubversivo”, atrapando “camaradas” en pleno 2024, es algo que tiene mucho que ver con la “seguridad”. Es una narrativa perversa pero tan efectiva que hasta se tolera el asesinato en la creencia de que, gracias a eso, todo está bajo control y se ha recuperado el orden.

Toda esa parafernalia nos adormece. Habría que preguntarse: ¿Por qué tememos al terrorismo realmente? ¿Por sus banderas y sus cánticos, como nos hacen creer? ¿Por su discurso “ideologizado” de revanchismo social? No, le tememos porque sus cuadros consiguieron crecer y volverse poderosos, hasta ser tan impunes que mataban a quien les daba la gana, a plena luz, y reinaban en las cárceles y desafiaban a quienes quisieran, hasta lograr poner en jaque a todo el país. Al gobierno actual le gusta jugar con la idea de que señores decrépitos que cumplieron su pena de veinte años por terrorismo pueden sembrar aquella pesadilla de nuevo: reiniciar la asonada. Hasta les han inventado un juicio nuevo a algunos individuos que ya cumplieron su condena, en la lógica de acabar “definitivamente” con la amenaza de la subversión.

Pues Ecuador nos recuerda que la amenaza —la grande, la que puede hacer inviable el país— hoy está en otra parte.

No lo vemos porque la distracción funciona (hasta hoy hay personas que creen que Pedro Castillo era senderista y la materialización del “retorno terruco”). Lo cierto es que nuestra estabilidad-país es un espejismo. Es, hace tiempo, una paz solo aparente, en que el peligro real está incubando, como las larvas.

Ecuador nos muestra lo que nos puede ocurrir, pues seguimos casi al pie de la letra una receta similar. Cada país es una historia distinta, ciertamente, pero el combo va más o menos así: un Estado deja que el mercado se regule solo, que las economías ilegales entren en el juego muy toleradas porque, finalmente, generan riqueza. Eso produce que se armen feudos que luego crecen y crecen, alentados por políticos corruptos que ponen alfiles digitados en todas las instituciones. Se crean redes del crimen organizado que, en medio del desgobierno, se diversifican y llegan a los hermosos puertos del Pacífico.

Como todos sabemos, en el Perú, desde hace años, se ha vuelto imposible regular ciertos sectores económicos que crecieron bajo el impulso del neoliberalismo noventero. Es el lado podrido de la movilidad social (y esa es su coartada, la mejora en la vida, la superación de la pobreza). En la versión light de este fenómeno, están actividades económicas turbias pero legales. Universidades bamba que no se dejarán regular jamás (porque mueven millones) o el negocio del transporte, controlado por quienes trafican con rutas que nadie les quitará. Que hayan existido intentos públicos y decididos de regular estas actividades, y que terminaron en rotundos fracasos (debido a la intervención de aliados en el poder) nos habla de esa fuerza, que nos obliga a vivir a merced del lucro.

La minería ilegal no es más que la hipérbole de esas prácticas. Crece con congresistas que responden a esos intereses, se vuelve intocable. A veces crece mucho, se quiebra y las facciones se enfrentan a balazos.

Esos grupos de poder económicos dispuestos a todo por defender su porción del mercado son la amenaza silenciosa. Esas economías que presionan para que el Estado sea mucho más chico, pero que se aseguran de tener a un congresista, a un alcalde, a un ministro, o a todo un partido político para colocar leyes que los dejen operar, son el caldo de cultivo del crimen (la defensa de los intereses en tierra de nadie solo puede darse así) y una pelea territorial de esas que arruinan los países.

Ojalá el ejemplo ecuatoriano nos haga ver cuál tendría que ser ahora mismo el trabajo de una división de inteligencia policial en la que valga la pena invertir recursos. En vez de ser organismos con terruqueros semióticos estúpidos (que dan vergüenza ajena) tendrían que centrarse, al menos, en detectar el peligro gigante de estas nuevas alianzas. Ese peligro que no es el rebrote de Sendero Luminoso, sino el brote real de organizaciones incontrolables, que pueden generar un infierno peor al provocado por Abimael.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 668 año 14, del 12/01/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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