Perú: Carlín, generoso con la PNP

Juan Manuel Robles

La Policía Nacional está muy ofendida con el dibujante Carlos Tovar, Carlín, por publicar una caricatura en la que se da a entender que abundan los policías corruptos, como si eso fuera una novedad para alguien. En el dibujo, se muestra a tres efectivos policiales casi idénticos: a simple vista, un ciudadano no podría diferenciar a los oficiales buenos de los delincuentes uniformados. La Policía ha amenazado con demandar al autor, un acto que evidencia bravuconería pero también incompetencia: una institución como esta, supuesta vigilante de la ley, debería saber de sobra que no hay posibilidad legal de perseguir a nadie por una sátira, y que incluso si tienen la suerte de que un juez les dé la razón, la sentencia sería revertida luego, por no hablar de la presión nacional e internacional. Pero ahí van los tombos, malgastando recursos y energías que necesitamos para otras cosas.

Y la verdad yo no sé qué tanto se araña la Policía. Deberían darle las gracias a Carlín. Porque su dibujo es provocador pero incluye un detalle que prueba su buena onda y hasta es esperanzador (y lo digo sin cachita). Uno de los tres efectivos de la viñeta es un policía honesto que cumple su deber. Está ahí colocado explícitamente, en las mismas dimensiones que los malos elementos. De hecho, si uno se tomara literalmente el dibujo, podría pensar que por cada policía que delinque hay otro que hace el bien.

Carlín habla de corrupción policial pero recuerda algo que la ciudadanía ha ido olvidando debido a tantos golpes: que existe el policía honesto que hace su trabajo. La mala reputación de la institución policial es tan grande que solo ver ese personaje coloreado, esa ficción gráfica, nos da un segundo de tranquilidad, del mismo modo en que esas series de televisión fresas donde los policías buenos vencen a los corruptos nos dan un instante de regocijo; la viñeta nos lleva a pensar que el bueno también existe. Que si tenemos suerte tal vez hasta podríamos encontrarnos uno.

No es poca cosa.

Porque hasta de eso duda la gente en estos tiempos duros. La Policía peruana nunca se ha caracterizado por su eficiencia pero lo que ahora tenemos es una desconfianza casi absoluta hacia ellos. Son un motivo más de estrés cotidiano. Ya no solo generan escepticismo si eres víctima del crimen organizado. Generan miedo, pánico por las conexiones posibles (documentadas en la prensa y la televisión todas las semanas). Hace años había un comercial que recreaba con humor la paranoia de un ciudadano que retiraba dinero por la ventanilla de un banco: de pronto, el miedo hacía que todas las personas se vieran con el rostro distorsionado por una pantimedia en la cabeza. Todos podían ser potenciales ladrones.

Algo así ocurre con los policías. Han pasado a las filas de los sospechosos. Por estadística o percepción, que desacelere un patrullero a tu lado no genera tranquilidad, sino una aprensión tremenda (sin haber cometido ningún delito o falta). Los diarios están llenos de historias que indican que casi cualquier uniformado puede ser un malhechor encubierto (o no tan encubierto) que un mal día puede hacerte perder tiempo, dinero… O cosas más valiosas.

Lo que termina de perfilar el desprestigio total de nuestra Policía, que hace difícil respetarla, es su envilecimiento. El rechazo a los abusos reportados no es solo un asunto de izquierdistas descontentos, que al fin y al cabo “siempre” están contra la autoridad. Es un rechazo mucho más grande, que incluye a ciudadanos conservadores, clases medias chambeadoras, que ven cómo los policías se ensañan contra los débiles pero no son capaces de mostrar esa valentía con delincuentes avezados que hoy atentan contra la paz. Ser policía y solo llevar a cabo con éxito aquello que implica arrestar a quien no puede defenderse es una variante del ocio, la peor forma de burocracia pública improductiva.

Cinco años atrás, el centro y el progresismo podían celebrar en Twitter a una figura como la del Policía Chévere. Hoy casi nadie se contaminaría haciendo migas con un representante de una institución con tan mala imagen, a excepción de los loquitos de la ultraderecha (que son muy fans de los policías utilizándolos en su cháchara de la “patria”, pero solo hasta que un motorizado los encuentra en la carretera y los hace soplar el alcoholímetro).

En esta coyuntura, Carlín no solo le hace a la Policía el favor de dibujar, como plenamente vigente, a un personaje que, para muchos, está en vías de extinción. Nos dice: ese señor existe, aunque ya casi no se lo distinga. Tal vez sea cuestión de buscarlo.

¿Dónde está ese buen policía con el temple necesario para alzar la voz en su desprestigiada institución? ¿Ese policía que sea una piedra en el zapato de las mafias? ¿Dónde está el oficial honesto que se niegue al asesinato de falsos terroristas? ¿Que se resista a matar a quienes no representan peligro? Si hay alguna solución para el poco respeto que irradia la Policía, no está en demandar a un caricaturista por una supuesta “afrenta”, está en esos señores que Carlín nos ha recordado que existen. Policías honestos, uníos.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 671 año 14, del 02/02/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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