Perú: Don Anselmo y La Chunga

César Hildebrandt

Expresé hace unos días, en el podcast de esta revista, mi comprensión por la situación médica de Alberto Fujimori. Me conmovió que el hombre dijera que se podía morir en cualquier momento, que los médicos le habían subrayado aquello de “la muerte súbita” y que la detención domiciliaria era una condena a muerte implícita. Pensé que era bueno no terminar pareciéndote a tus enemigos y di a entender perfectamente que Fujimori debía seguir libre a pesar de los enredos y suciedades del indulto. En esa consideración pesó también el viejo cáncer oral que ha merecido, según dice Aguinaga, hasta tres intervenciones quirúrgicas.

Ahora tengo que admitirlo: fui un cojudo. Por enésima vez, fui un crédulo, un engañado crónico, un burlado.

Fujimori reaparece en olor (veraniego) de multitud en aquel Jockey Plaza que él ayudó a levantar y sale como portavoz patriarcal del fujimorismo, que es, como sabemos, su partido, su legado, su fluido corporal.

El ego velozmente recuperado y el hecho de creer que está más allá del bien y del mal hicieron que Fujimori dijera la verdad: “el gobierno de Boluarte va hasta el 2026 porque así lo ha decidido Fuerza Popular”.

La rabieta de Keiko, su traidora exprimera dama, su hija calcada, ha sido mistiana. Debe haberlo maldecido en japonés y debe haberse arrepentido de no haber vuelto a frustrar el indulto consentido por el Tribunal Constitucional que la obedece.

–¡Kuso ttare!– (maldito) debe haber gritado Keiko Fujimori.

¿Pero qué esperaba madame K?

¿Que el viejito regara rosales y se dedicara a las tareas de la melancolía?

Alberto Fujimori es el dueño de la marca, el patrón de los cielos, el jardinero de esa burundanga que te vuelve medio zombi y te hace hablar como Martha Chávez y pensar como Absalón Vásquez y matar como Kerosene.

Keiko ha enviado a dos de sus criadas para que contradigan al patriarca. Vano gesto. Las palabras del líder renacido son literalmente virales y siguen propagándose.

De ese discurso renacentista se desprende una obviedad: que Boluarte le debe la estabilidad en el puesto a la mafia fujimorista. Que la autora intelectual de una matanza de 49 peruanos esté en manos de una organización que premió a los asesinos del Grupo Colina, es de lo más coherente. Es un canje en el banco de sangre. Pero admitir ese pacto de morgues es algo que sólo podía hacer el hombre que sigue sintiéndose caudillo natural del movimiento.

Fujimori no se quedó allí. Salió a reescribir la historia diciendo que Vladimiro Montesinos “cometió errores” y que fue una lástima que “se dejara tentar por el dinero”. ¡Y lo dice el hombre que fue su compinche en el encubrimiento de sus ingresos mafiosos, en el Plan Siberia, en la indemnización de 15 millones de dólares que sacó en sacos del presupuesto de Defensa! ¡Lo dice el hombre que toleró que robara a manos llenas mientras seguía a su lado sosteniendo las tarjetas de crédito extranjeras de sus hijos!

Lo que nos ha querido decir el padre del fujimorismo supurado es que nada ha cambiado y que no podemos esperar otra cosa del partido que cambió de nombre ene veces para evocarnos siempre lo mismo: el Perú es como “La casa verde”, de Vargas Llosa. En esa novela, Don Anselmo, el patriarca, funda un burdel. El establecimiento es incendiado por la ira popular y el propietario cae en desgracia. Tiempo después, la hija de Don Anselmo, que se hace llamar La Chunga, refunda el prostíbulo con el mismo nombre. Hace 30 años estamos en eso: hablando de un antro que dicta la agenda en un país suicida.

Pero ahora resulta que Anselmo ha vuelto con el vigor de un Fushía navegante. Ningún cáncer lo devora, la muerte súbita será de otros, la fatiga acezante está olvidada, la mirada perdida es hoy la de un pícaro que nos recuerda lo idiotas que podemos volver a ser. Y Willax es su canal, como antes lo fueron el 2 de los Winter, el 4 de los Crousillat, el 5 de un suizo trucho.

Todas las oscuras golondrinas están dispuestas a volver. El patriarca nos ha recordado que nada ha cambiado y que si La Chunga saliera presidenta, volveríamos a los tractores de hojalata, los aviones a choro y los asesores de seguridad que se hacen millonarios en cuentas de Zúrich. Como si Macera hubiera sido un profeta cuando dijo que el Perú era un burdel.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 674 año 14, del 23/02/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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