Perú: ¿Quieren justicia? ¡Tengan caramelos!

Maritza Espinoza

«Ninguna de las dos mujeres que increparon a Dina Boluarte llevaba arma alguna más que su dolor, su indignación y su impotencia por encontrarse, cara a cara, con la sonriente responsable de su dolorosa pérdida”.

Pocas veces hemos visto escena más delirante —¡y vaya que somos fértiles en ese terreno!— que la ocurrida el sábado pasado en Ayacucho: en el mismo lugar en el que, hace un año, la represión ordenada por su Gobierno eliminó a diez compatriotas, Dina Boluarte reapareció muy oronda y, cual cachacienta reencarnación de Willy Wonka, se puso a lanzar golosinas a la portátil de ayayeros que suele acompañarla para disimular el rechazo que provoca su presencia en el interior del país.

De pronto, de entre la multitud y rompiendo los protocolos de la sorprendida seguridad presidencial, aparecieron junto a ella dos mujeres que le increpaban a gritos por las muertes (por cierto, no eran las únicas) y una de ellas logró jalonear sus enlacados cabellos por un par de segundos. Eran, hoy lo sabe todo el país, Ruth Bárcena e Ilaria Aimé.

A la primera le habían matado al esposo, Leonardo David Hancco Chacca, de 27 años, taxista y padre de los gemelos que Ruth guardaba en su vientre. Lo acribillaron cuando ayudaba a los heridos de las protestas de diciembre del 2022. Cuando lograron trasladarlo hasta un hospital, ya se había desangrado demasiado. Murió y, poco después, Ruth perdió a sus gemelos. Le queda un hijo de siete años como consuelo.

A la segunda, Ilaria, le asesinaron a su hijo, Christopher Ramos, de 15 años. Tampoco estaba en las protestas. Los dos balazos a quemarropa le cayeron cuando salía del cementerio de Huamanga, donde baldeaba lápidas y ordenaba flores para poder pagar la universidad de su hermana, que ya acababa la secundaria.

Ninguna de las dos mujeres que increparon a Dina Boluarte llevaba arma alguna más que su dolor, su indignación y su impotencia por encontrarse, cara a cara, con la sonriente responsable de su dolorosa pérdida. Ninguna representaba un peligro real para su vida. Ninguna es siquiera una activista política. Solo Ruth, tras la muerte de su esposo, pasó a ser dirigente de los deudos de las víctimas. ¿Quién no?

Pero no es difícil entender que la furia las asaltara. No solo porque cualquiera en su situación sentiría que Boluarte insultaba la memoria de sus muertos con su frívola presencia en el lugar de su duelo, sino porque es la persona que —para librarse de su responsabilidad política y proteger a los verdaderos asesinos— había acusado a sus seres queridos de terroristas, había llegado a decir que se mataron entre ellos y, por si fuera poco, había premiado a varios de los responsables directos de sus muertes con ascensos y viajes.

Sí, se podría decir mucho de la acción de estas dos mujeres desesperadas. Si bien es verdad que enseñamos a nuestros niños que la violencia es mala, hay circunstancias que la atenúan, como cuando un hombre le mete un puñetazo al hombre que ofende a su madre o, incluso, el que en un rapto de ira asesina a quien ha lastimado a su hijo. Nadie aplaude la reacción de Ruth y de Ilaria, pero este es uno de esos casos en los que es indispensable ponerse, por un instante, en los zapatos del otro. No para justificarlo, sino para entenderlo. Y tratar de empatizar.

Pero ahora han salido a atacarlas en jauría los consabidos defensores del poderoso, aquellos que son capaces de justificar los crímenes del grupo Colina o, cuando menos, descalificar a los deudos de sus víctimas en nombre de la “estabilidad y la reconciliación”. Son los autores del inexistente “Manual de la perfecta víctima”, que se saben al dedillo cómo debe comportarse una mujer a la que le han asesinado al marido o a la que le han matado al hijo, como si el dolor se pudiera procesar desde el protocolo palaciego.

Ellos pontifican, desde la altura de sus privilegios, sobre las reglas de “etiqueta” que debe seguir alguien que ha sufrido dolores tan terribles que nosotros ni podemos imaginar. “¡Por favor, señora, qué mal gusto esto de mostrar su indignación gritando!”. “¡El dolor se vive para adentro!”. “¡No me venga con que sufre por su pérdida, si la hemos visto muy sonriente en el Tik Tok!”. “¿Acaso sus muertos son los únicos? ¡Ya déjense de sembrar el odio!”.

A propósito, fue el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables la primera entidad del Estado en pronunciarse, lanzando un comunicado que rezaba: “Rechazamos y condenamos enérgicamente todo tipo de violencia contra la mujer, como la agresión física en contra de nuestra (sic) presidente de la República, Dina Boluarte”. El lenguaje lamesuelas sería solo una anécdota si no fuera porque ese ministerio, que existe para proteger a la mujer, no dijo una palabra cuando decenas de mujeres andinas, muchas con sus bebés en brazos, eran gaseadas por la policía en las manifestaciones de hace un año.

Pero que aquellos que le deben su cargo a Boluarte salgan a atacar a las dos mujeres de esta historia no sorprende a nadie. Lo curioso es que el fujimorismo en pleno haya salido a defender a la mujer que utilizan de marioneta, exigiendo duras sanciones contra sus “agresoras”. Y es curioso, porque son los mismos personajes que callaron en todos los idiomas cuando, tras su divorcio, el jefe de su partido encerró a su exmujer, Susana Higuchi, para que no hablara con la prensa. La propia Higuchi denunció haber sido torturada en ese período, pero ninguno de los hoy convenidos militantes de la lucha contra la violencia hacia la mujer hizo el menor gesto para investigar la veracidad de esos hechos.

Para estos señores que viven en el mundo al revés, lo ocurrido el sábado puso en grave riesgo a la presidente. ¡Por favor, si apenas fue un jalón de pelos! No llevaban un revólver ni un machete, ni siquiera un cortaúñas. Menos, por supuesto, la metralla que atravesó los cuerpos de sus seres queridos. Sus únicas armas eran la indignación y el dolor de ver a la autora mediata de su duelo muerta de la risa repartiendo caramelitos entre sus ayayeros.

Pero, claro, siempre hay quienes se pondrán del lado del poderoso y le harán “sana sana, colita de rana” hasta cuando se rompa una uña. Son los que gimoteaban pidiendo la libertad de Alberto Fujimori (el agonizante más sano del mundo), pero no tenían reparos en terruquear a Inti y Bryan, los jóvenes que murieron en las protestas contra Merino. Tiene sentido: los poderosos retribuyen las “lealtades”, pero al dolor de los débiles no se le puede sacar ningún provecho.

Por eso estoy segura de que estos miserables (sorry el francés), que hoy insultan y piden pena de carcelería para dos mujeres partidas por el dolor y la ausencia de justicia, hubieran salido a lloriquear por Goliat cuando David le dio con una piedra en el ojito.

https://larepublica.pe/opinion/2024/01/24/quieren-justicia-tengan-caramelos-por-maritza-espinoza-342401

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