Perú: Rolexmanía insufrible

Juan Manuel Robles

Con todo respeto, me importan un pepino los Rolex de la sucesora constitucional. Los de cinco y los de diez mil, los auténticos, las réplicas chinas, los de oro y los de pan de oro. Tocará analizar en el futuro la clase de individuos que nos gobiernan y el porqué de su gusto irrefrenable por esas piezas ostentosas: el lujo más literal, el asesinato de la sutileza, la caricatura andante de nuevo rico. Todos hemos conocido a esa clase de personas, que pueden perder la cabeza por uno de esos relojes. Todos sabemos que por cada uno de ellos, hay un Tony Soprano dispuesto a hacerles el “regalo” para congraciarse (aunque Soprano hubiera obsequiado un Patek, para la gratitud eterna). Vladimiro Montesinos —recordemos— tenía su colección privada de relojes, que incluía uno con incrustaciones de diamante, a pesar de que el hombre no podía ni salir a la calle. Esta afición es cosa seria.

Pero esa frivolidad no constituye en sí una falta o un agravante (menos cuando la autoridad en cuestión tiene otros anticuchos que sí importan). En el caso de la sucesora, hablamos de relojes que, en total, costarían lo mismo que una buena camioneta de doble tracción. Lo que debería incluir una denuncia de este tipo, al momento de aparecer, es la conexión más o menos probada con el benefactor y en qué se tradujo dicha transacción (¿un contrato con el Estado?, ¿una intervención política?). Mientras no exista eso, lo que tenemos es un mero goce por el ampay del Rolex, la foto, el chongo, una variación del fetiche del que la presidenta padece. Y eso se puede deber a muchas cosas pero hay una que me hace ruido: el clasismo.

También un personaje tan despreciable como Dina Boluarte puede ser blanco de la discriminación de siempre. No hay que olvidar que para los que complotaron contra Castillo ella es la traidora conveniente, pero nunca dejará de ser una “de ellos”, parte de la “collera” (¡la llamaban Dina-mita en alusión a Sendero Luminoso!). Esto me queda claro cuando veo que circulan fotos de Dina Boluarte vestida de pollera en campaña (populismo clásico) y se contrasta esa imagen con la de la jefa de Estado en traje sastre con su Rolex. Antes. Después. Jajajá. Como si a estas alturas no hubiéramos visto, de Puno a La Paz, a mujeres con polleras que se dan esos lujos y muchos otros, por la misma razón que cualquiera: porque les gusta y pueden.

Digo: veo una actitud de “mírenla a esta”, que no me da ganas de avalar. Como cuando gastaban ráfagas mediáticas contra Castillo y su presunto “helipuerto”, con risita, o la vez que lanzaron aquella “denuncia” por gastar demasiado en “carne fina” en Palacio. O cuando le hicieron un apanado en las redes a cierta congresista de izquierda por viajar, invitada, en primera clase.

Además, lo que me incomoda de esta fijación, en el caso de Boluarte, es que termina en un gran simulacro que tiene mucho de gato por liebre. Provoca titulares, música de suspenso en los dominicales, genera una investigación de alto nivel y hasta propicia una moción de vacancia que tiene a la gente comiendo canchita. Pero vamos: sabemos que es imposible que unos artículos de lujo tumben a una presidenta que tiene la bendición de los poderes fácticos. ¿A alguien no le queda claro? ¿No está claro que el único presidente al que se puede vacar por un nunca probado tráfico de influencias se llama Pedro Castillo? El poder unido decidió tumbárselo (el Congreso solo formalizó esa decisión que incluyó conspiración militar). Ese poder no ha decidido bajarle el dedo a Boluarte, y unos Rolex no cambiarán eso.

Y por cierto, a estas alturas debería ser más o menos claro que ningún presidente vive de su sueldo nominal (un mal chiste que dice “quince mil quinientos”), y que siempre será un tipo de presidente —el que no era rico ni empresario antes de asumir— el que sea atacado selectivamente por tener algunas cositas que saltan a la vista. No me malinterpreten: no me sorprendería nada que alguien como Dina Boluarte termine en la senda del enriquecimiento ilícito; pero estamos muy lejos de que existan evidencias suficientes de eso, como para plantear escenarios terminales.

Por último, esta parafernalia de gran proceso, de Rolexgate que no llega a Rolexidio —en esto coincido con Álvarez Rodrich—, me parece un poco ofensiva para con los deudos de las víctimas de la represión del gobierno, quienes reclaman más atención y nos recuerdan la verdadera razón por la cual la sucesora constitucional debería ser vacada, procesada y encarcelada, la razón que debería repetirse en los medios, en los dominicales, en el Congreso, en todos los foros posibles. La muerte de peruanos inocentes. El vicio vergonzoso del desprecio por la vida. Lo otro es juego. Y no estamos para jugar.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 678 año 14, del 22/03/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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