Perú: La democracia sí sirve

Ybrahim Luna

Desde la obstinada trinchera que es este semanario, muchos hemos analizado el papel de la sociedad civil en la ya permanente crisis política peruana. En esta ocasión plantearemos algunas salidas al desbarranco sin recurrir a la demagogia. Y es que resulta interesante que en las últimas semanas varios profesionales de las ciencias sociales hayan dado un paso más allá de los diagnósticos para encarar la tormenta desde la responsabilidad del intelectual como agente de cambio; sobre todo ahora que el Congreso ha dado el primer paso formal para capturar al JNE, la ONPE y el Reniec.

Hace unos días el politólogo Alberto Vergara, en su columna de “La República”, propuso algunas estrategias para abandonar el camino hacia “el despeñadero”, bautizando su fórmula como “las cuatro C”: “Continuidad”, sobre el problema de mantener el statu quo y la cultura de la ilegalidad; “Concentración”, buscando actores que reúnan y asuman el poder para el bien; “Consenso”, sobre recuperar la confianza y asumir responsabilidades, y “Coalición”, para construir una alianza de políticos y ciudadanos que protejan el interés general.

En la misma dirección, en una entrevista reciente, los sociólogos Alberto Adrianzén y Alan Salinas describieron el escenario y propusieron algunas soluciones a la crisis. Para Adrianzén, hay puntos claves que entender: la crisis no tiene solución a corto plazo, la democracia actual ha fracasado y el gobierno de Boluarte ha perdido legitimidad, siendo el único factor que puede generar un cambio la movilización social. Para Salinas, padecemos una “sobrevivencia política” desde los 90 por la crisis de los partidos, por lo que la ciudadanía debe involucrarse en política para acceder a espacios públicos y así disminuir la informalidad, incluyendo una agenda vinculada a los derechos humanos.

Qué interesante resulta comparar análisis que coinciden en el origen del problema y que plantean fórmulas para superar la infección a mediano y largo plazo. Se puede deducir que una de las pesadas anclas que nos sujeta al desencanto como sociedad es el descalabro moral producido durante la dictadura fujimorista de los 90. El eco de la muerte de la institucionalidad y de los partidos políticos con ideales y programas nos llega como un canto nítido desde el pasado. Hay que sumar a esto que la crisis de inestabilidad que vivimos desde el 2016 también tiene la factura Fujimori.

Otra ancla que nos impide avanzar es la idea de que la democracia no sirve. Así de duro. La democracia no responde al pueblo ni combate la corrupción, no nos protege de la delincuencia ni nos da de comer. Y también llegamos a la conclusión de que solo con la fuerza de las calles y una participación activa en política es que se puede lograr un cambio. No basta con movilizaciones ciegas y sin liderazgos, porque las ollas a presión o válvulas de escape pueden estallar, pero luego remiten. Aquí se necesita que las calles encaucen grandes y permanentes demandas. ¿Pero cómo? Quizá lo más desalentador, pero realista, es la seguridad de que todas las buenas acciones y reacciones no se darán en el corto plazo. Debemos prepararnos para el 2025 o 2026.

También hay temas incómodos para debatir, porque desfiguran la idea idílica que tenemos de pueblo. Lo primero es reconocer que a buena parte de los peruanos esta crisis política (originada por los Rolex) le interesa poco. Genera rabia, eso sí, pero no es un asunto primordial. Y es que mucha gente ya tiene una opinión política formada (a veces muy básica) que se resume en la veintiúnica respuesta: “todos los políticos son corruptos y nada va a cambiar”. Además, hay que salir a trabajar y a mover esa inmensa maquinaria formal e informal –sobre todo informal– para pagar el menú del día, el celular de mejor gama, los útiles escolares de los hijos o el anhelado televisor de muchas pulgadas. En los sectores donde solo se aspira a una economía de supervivencia tampoco hay mucho tiempo para pensar en las joyas ajenas de una presidenta repudiada. Eso explica la desaprobación masiva del Ejecutivo y a la vez la casi nula asistencia a las marchas que exigen un cambio.

Aquí es fundamental entender al sector informal peruano. Si uno no comprende los intereses, sueños y reclamos del sector más grande del país, no tendrá propuestas claras y solo se dedicará a criticarlo o, peor aún, a discriminarlo. La “falta de consciencia política” de muchos peruanos es el resultado de que nadie nos demostró que la democracia también trae desarrollo económico y alegría.

Salimos de los 90 para pasar por los gobiernos de la estupidez, la corrupción, el piloto automático y el lobby.

Entonces, ¿cuál es la salida a mediano plazo?

Por ahora, insistir en que la democracia sirve y que la movilización social es la única fuerza que puede poner al Congreso y al Ejecutivo contra las cuerdas. Las calles deben recordar que son un poder más del país, y quizá el más deliberante (Manuel Merino lo recuerda). Y luego, en 2026, nos tocará realizar el acto más revolucionario: buscar entre los millones de peruanos a un centenar de representantes honestos e inteligentes (senadores y diputados) para compensar el poder del futuro presidente.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 681 año 14, del 12/04/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*