Refundación

César Hildebrandt

Se trata de una refundación del gobierno. Es como si Martín Vizcarra recién llegara a la presidencia tras el episodio policiaco del señor Kuczynski.

Me refiero al tono de su discurso del pasado miércoles. Es­cuchándolo me preguntaba si el presidente no había confundido las fechas. ¿Podíamos estar en julio en pleno diciembre?

Más allá de solemnidades fuera de calendario y tesituras de tenor recién descubierto, lo cier­to es que las elecciones del últi­mo domingo han significado un triunfo indiscutible del gobier­no y una derrota absoluta de la coalición Apra-UNO, que es una forma nostálgica de nombrar al aprofujimorismo. Al final, como se ve, el Apra siempre termina de barragana de algún autorita­rismo derechoso. Es su destino airado.

Vizcarra empieza de nuevo, pero los problemas son los mis­mos. El primero es un Congreso endemoniadamente hostil, que seguirá siéndolo a pesar de cual­quier invocación. Lo que queda es aprovechar la lenta dispersión del fujimorismo y comprometer al señor Salaverry en la empresa de ejecutar las reformas impul­sadas por la votación popular.

Lo más importante del discurso presidencial es su acento centrista. En una región don­de al liberalismo neandertal de Bolsonaro se opone el mensa­je ancestralmente setentero de López Obrador, la promesa de Vizcarra parece ser la de huir de las definiciones enfáticas y apostar por un mediano, gris y verosímil centro. Después de un cuarto de siglo de fujimorismo en dosis de caballo, la receta vizcarriana parece balsámica. Y eso es lo que más exaspera a lo que queda del Apra y al fujimorismo hidrófobo que encarna Rosi­ta Bartra. ¿El centro? Sí, cómo no. Diez veces mejor el centro que el derechismo podrido de los Fujimori y sus reencarna­ciones: Toledo, García, Humala y Kuczynski. ¡Cuántas miserias nos habríamos ahorrado si la iz­quierda hubiese entendido que su maximalismo intransigente iba a producir a Sendero y al fu­jimorismo como antídoto.

Para que ese centro funcione, por supuesto, se deberían cumplir algunos requisitos. En primer lugar, no volver a ceder jamás a la extorsión del aprofuji­morismo y sus lobbies pandille­ros. En segundo lugar, impulsar la economía sacando adelante la inversión pública y rescatan­do algunos proyectos mineros averiados por la conducta de la vieja minería heredera de Toquepala y Cerro de Pasco. En tercer lugar, preocuparse del empleo, que es el talón de Aquiles de nuestra economía. Y para eso se requiere crear estímulos para la agricultura de consumo interno y diseñar un vasto plan que conduzca a la formalización de las pequeñas y medianas empresas situadas en esa galaxia ajena al estado y a la SUNAT. En cuarto lugar, incorporar a todas s las fuerzas políticas que, más allá del aprofujimorismo, quieran sumarse a este proyecto nacional de llegar al bicentenario como un país viable y en camino a la modernidad. En quinto lugar, nada de lo dicho servirá si aflojamos en la redada nacional en contra de la corrupción. No importa lo que digan los abogados de García, los plumíferos de Keiko, los chasquis de Chávarry. El impulso místico, la utopía higiénica de Vizcarra es precisa­mente impedir que el Perú sea dragado por la corrupción. Y de eso se trata cuando se defiende lo hecho por José Domingo Pé­rez y se aseguran los fueros del sistema que ha permitido perse­guir el latrocinio en todo el país.

De Moquegua nos vino este intruso llamado Martín Vizcarra. Nadie daba medio por él cuando, al comienzo, pareció repetir el papel de felpudo del aprofujimorismo que tan bien había cumplido mister Kuczynski. Pero de ese provinciano que siempre parece estar vestido para inaugurar un puente rural, nos ha salido, por ahora, un pre­sidente que parece estar a la al­tura del desafío. No nos decep­cione, señor Vizcarra. No imite a su primer ministro, esa piedra en el zapato. No transe con la podredumbre porque eso man­cha, contagia y mata. Pregúntele a su antecesor.

Su trabajo, señor Vizcarra, consiste en hacer todo lo posi­ble para que los peruanos recu­peremos la autoestima. No digo que vaya a lograrlo plenamente. Lo que se le pide es que no se canse.

Fuente: “HILDEBRANDT EN SUS TRECE” N° 425, 14/11/2018 p11

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