Perú: ¿Dónde está Dios?

Eduardo González Viaña

Durante los días del holocausto, dos rabinos se conocieron en el campo de concentración de Dachau, uno era polaco y el otro, francés. Anciano ya, este último vivía en California cuando yo llegué como profesor de Berkeley en 1990, y fue él quien me contó esta historia:

En París, la resistencia había sostenido una balacera con los nazis ocupantes. El encuentro produjo la muerte de todos los milicianos y también la de un alto mando de la Gestapo.

Desde Francia, salió la orden. En cada uno de los campos de concentración, había que vengar al nazi muerto. La represalia no iba a traer consecuencia positiva alguna para los alemanes toda vez que, si se trataba de una lección, los judíos internados no iban a poder asumirla. Estaban en el campo, y no iban a salir de allí sino convertidos en cenizas.

Se situó a los prisioneros en líneas circulares. Parecía una función de circo.

De pronto, un grupo de guardias comenzó a buscar entre los asistentes. Ubicaron a un joven de contextura atlética. Lo llevaron hasta un tabladillo que habían levantado en el centro del campo.

El joven obedeció todas las órdenes que se le daban. Bajó la cabeza, y le rodearon el cuello con una cuerda. Sin decir palabra, el prisionero cerró los ojos y quizás se encomendó a Dios.

Isaac, el rabino francés, me dijo que también cerró los ojos esperando que todo terminara en unos minutos, pero no fue así. La perversidad de los nazis había convertido a la horca en un juguete. De alguna forma, habían logrado que la cuerda no se terminara de cerrar y que, de esa manera, torturara por más tiempo a su víctima.

Isaac no pudo soportarlo. Se acercó al rabino polaco, y le dijo:

-¿Dónde está Dios?…?

Su interlocutor se quedó un instante sin responder. Luego, levantó la mano derecha y señaló al hombre atormentado.

-Allí está.-dijo.- Allí está Dios.

He recordado esta historia varias veces. Ahora lo hago en las vísperas de la Navidad del año más triste del siglo.

La pandemia se ha originado por razones naturales todavía desconocidas. Sin embargo, también las hay algunas que provienen de la perversidad humana.

En los días presentes nos afecta otra peste y ésta proviene de perversos. No una sino muchas.

La primera que se nos viene a la memoria es la que se originó en los días de noviembre. Ante el golpe de Estado, una mayoría juvenil -sin inspiración de partido alguno- se había manifestado para exigir el retorno al orden constitucional. Al parecer, los golpistas de Merino ordenaron una represión bestial, y ello ocasionó decenas de heridos y dos muchachos muertos. Es obvio que las autoridades espurias -y no necesariamente los policías son los culpables.

¿Qué viene después? En el pensamiento de algunos hombres públicos una barbaridad se oculta con otra, y se ordenó el encarcelamiento de unas 70 personas a quienes se acusa de pertenecer o hacer apología de un movimiento subversivo derrotado en el siglo pasado. Ellos no tienen quién los defienda porque los organismos de derechos humanos, al parecer, desean establecer tajante diferencia con los derrotados. ¡Por Dios! Denunciar un abuso no significa identificarse ideológicamente con la víctima sino creer en la superioridad ética de la democracia.

¿Y qué viene ahora? El tema de la vacuna. Cuando ya otros países de la región se aprestan a inmunizar a sus ciudadanos, nosotros no la tenemos porque al parecer, el Ejecutivo vacado se pasó de timorato y el Congreso, por su parte, demoró las decisiones con argumentos seudocientíficos y, por fin, con el golpe de Estado.

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