Perú: OJOS QUE NO VEN, CORAZÓN QUE NO SIENTE

Natalia Sobrevilla

El derrame de crudo en la refinería de La Pampilla ha llamado la atención sobre los riesgos ambientales que conlleva el uso del petróleo. Mientras manejamos nuestro carro con el aire acondicionado al máximo, escuchando nuestra música favorita para olvidarnos del tráfico infernal, no pensamos en lo que significa la explotación petrolera y la forma en que impacta nuestro hábitat natural.

Este jueves en Jugo de Caigua, Sharún Gonzales llamó la atención sobre cómo los derrames de petróleo en el Perú no son gran novedad, y que tan solo en la pandemia ocurrieron por lo menos 14, que afectaron principalmente el llamado lote 192 en la región Loreto. Si ampliamos el campo de análisis, veremos que desde el año 2000 han ocurrido más de 500 derrames que han afectado a más de 190 comunidades que sufren daños irreversibles por estar expuestos a la contaminación por hidrocarburos y de la que usualmente no se habla.

Se trata de un tema que me toca de cerca porque mi amiga y compañera de universidad, Martha Bernales, viene llamando la atención sobre él desde hace mucho más de una década. Es por ella y por su trabajo incansable de llamar a las cosas por su nombre que sé hace desde hace mucho cómo las petroleras hacen lo que les da la gana en la Amazonía, forzando a las personas de las comunidades a limpiar los derrames como puedan, con lo que tengan al alcance de su mano. Muchas veces son niños los que tienen que limpiar el crudo con sus propias manos para tratar de meterlo en canastas, con botas de jebe como única protección. Después, en su vida diaria, les toca beber la misma agua contaminada y comer los peces que sobreviven al petróleo.

Martha está tan indignada con la falta de empatía que se ha tenido con quienes viven en la Amazonía peruana en comparación con lo que sucede ahora en las costas de la capital, que hoy publicó en su Facebook una frase fuerte e hiriente: “En Lima vale más la vida de un pingüino que la de un niño indígena”. Por supuesto que el derrame sucedido la semana pasada es mucho más grave que todo lo que ha ocurrido antes, claro que se trata de cientos de miles de personas afectadas y que algunas de las que lo viven más de cerca son los pescadores artesanales de la zona que se han quedado sin manera de vivir. Pero no podemos dejar de reconocer que parte de lo que nos afecta sobre lo sucedido en Ventanilla y en Ancón se debe a que sabemos exactamente dónde ha ocurrido, a que conocemos el hábitat de la costa que se ha puesto en peligro y porque lo sentimos cercano: lo podemos imaginar y lo asumimos como parte de nuestro espacio de vida.

Muchos jóvenes de clase media y de clases acomodadas de Lima buscan la manera de ayudar, sienten rabia e impotencia al ver que el mar que tanto aman y que conocen tan bien está cubierto de petróleo. Pero tampoco hay una entidad que pueda realmente canalizar esta energía. Si vamos todos a Ventanilla con nuestra bolsa de plástico, o nuestra canasta y nuestro pelo recién cortado para ayudar, es posible que terminemos haciendo más daño. Ya Serfor ha comunicado que lavar a los animales puede ser contraproducente. Necesitamos mucha más información sobre cómo ayudar y canalizar el entusiasmo. Pero la cínica que me habita no hace más que preguntarse, como lo hace mi amiga Martha, por qué nos importan más los pingüinos con petróleo que los niños que viven en la Amazonía y que tienen que crecer, comer y beber en ríos contaminados.

Como reflexioné aquí la semana pasada, Lima es una ciudad que mira al mar y que vive de él, sobre todo en los meses de verano. Esta vez el desastre ha ocurrido donde los limeños lo pueden ver, afectando la vida de miles de ellos. Si este derrame hubiese ocurrido al sur de la ciudad, donde viven muchas más personas acomodadas, la reacción hubiese sido, sin duda, aun más virulenta.

¿Será esta la gota que derrame el vaso? Como se preguntaba Sharún el jueves, ¿será un momento de inflexión, en el que la reacción masiva logrará que la empresa privada se haga cargo? Ahora que el desastre es cercano, que los ojos ven y el corazón siente, ¿servirá para que los jóvenes y el resto de limeños se movilicen para tratar de cambiar las condiciones en que se atienden las necesidades de las demás localidades después de sus desastres ecológicos? ¿O será, simplemente, un episodio en el que tendremos simpatía temporal por los pobres pingüinos, mientras manejamos una camioneta gigantesca, con la radio a todo volumen y el aire acondicionado al máximo?

Natalia Sobrevilla. Estudió Historia en la PUCP y es PhD en la misma materia por la Universidad de Londres. Actualmente tiene a su cargo la cátedra de Historia Latinoamericana en la Universidad de Kent. Viene investigando sobre la formación del Estado y la cultura política en los Andes desde fines de la Colonia hasta el siglo XIX. Es autora, entre otros, de los libros Santa Cruz, caudillo de los Andes y Los inicios de la república peruana.

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