Guerra: La primera baja

Daniel Espinosa

Dicen que cuando estalla la guerra, la verdad es la primera en caer. La invasión de Ucrania, lejos de ser una excepción, ha renovado la intensidad de una guerra psicológica a la que estamos sujetos todo el tiempo. La propaganda nunca se apaga, solo aumenta o disminuye su intensidad.

La batalla por las mentes no da tregua; no se libra únicamente cuando vuelan los misiles y la diplomacia se convierte en silencios amenazantes, sino que solo recrudece. Si podemos rescatar algo positivo de esto es que, en tiempos de guerra, la propaganda se vuelve más grotesca y fácil de advertir.

Hoy, el mundo parece unido –de manera monolítica– en su condena a Vladimir Putin y la agresión de su gobierno contra Ucrania. O eso muestra la prensa. Lo que es seguro es que hay poco o ningún espacio para la duda y, como suele suceder en tiempos de guerra, cualquier disidencia es tomada por indolencia o traición.

ENEMIGO IRRACIONAL

La representación del líder enemigo como irracional y psicopático –puesta en práctica con endemoniado éxito en contra de dictadores como Saddam Hussein o Muamar Gadafi– existe precisamente para truncar cualquier debate.

No tiene caso, pues, discutir con aquel que es tomado por inherentemente vil, por irreversiblemente desquiciado. Todo análisis intelectual resulta superfluo ante quien representa la maldad encarnada y todo titubeo representa una afrenta contra sus víctimas, ya sean inventadas, reales o potenciales. Entonces, solo quedan la fuerza y, desde la década del noventa, este nuevo artilugio geopolítico: la invasión “humanitaria”.

En cuanto a la guerra que hoy tiene al mundo en vilo, se dice –previsiblemente– que Putin se ha vuelto loco. Quiere reconquistar lo que antes pertenecía a la Unión Soviética. Fantasea con una “Gran Rusia” y lo hace por su pasado como agente de la KGB, en su calidad de heredero rencoroso de la Guerra Fría. En ese sentido, el líder ruso estaría intentando hacer realidad un anhelo profundo, arraigado en una nostalgia nacionalista que forma parte de su mismísima identidad.

En realidad, como señala el exasesor de Naciones Unidas Scott Ritter –uno de los pocos oficiales estadounidenses que se atrevió a negar que Saddam Hussein poseyera armas de destrucción masiva–, Putin está siguiendo una hoja de ruta definida en términos bastante racionales y comprensibles, una que ya había hecho pública durante la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2007. Ahí, el presidente ruso habló de la imperiosa necesidad de un nuevo marco de seguridad para Europa que reemplazara al impuesto por EE.UU. a fines de la Segunda Guerra Mundial.

En Múnich, Putin condenó la intención estadounidense de dar forma a un futuro unipolar en el que solo la superpotencia norteamericana tendría derecho a un área de influencia y una zona de seguridad. Rusia demandaba que Ucrania, entre otras naciones de la desaparecida URSS, permanecieran neutrales. Sin embargo, desde la caída del muro que dividía Alemania, 14 países se han sumado a la Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN) en su vertiginosa expansión hacia el Este.

Para la prensa corporativa resulta incómodo hablar de cómo la OTAN y varios líderes occidentales fueron desechando sus promesas de no expandirse. La historia –materia detestable para el periodismo mainstream– no debe entrar demasiado en el análisis. La razón es sencilla: las ilusiones de superioridad moral y sensatez democrática occidentales se disuelven instantáneamente. Solo sobreviven en la ignorancia.

La otra razón por la que la historia solo aparece de manera superficial en el análisis mediático radica en que el objetivo detrás de su propaganda es suscitar sentimientos poderosos, no la reflexión y el debate.

Como explica Ritter: “En lugar de explicarles a los estadounidenses sobre las raíces históricas de las preocupaciones de Putin… o de lo impráctica que resultaría una teórica reconstitución de la Unión Soviética, la élite política de EE.UU. define a Putin como un dictador autocrático (no lo es), poseído por sueños grandiosos de un imperio global liderado por Rusia (no existe tal sueño)”.

VÍCTIMAS DE OJOS AZULES

Ni siquiera el horror de un nuevo conflicto bélico ha hecho que el mundo vuelva la cara hacia Yemen, donde ocho años de una guerra de visos coloniales ya se ha cobrado más de 300 mil vidas. Esta atrocidad crónica y normalizada es llevada a cabo por un aliado de Occidente y gran cliente de su poderosa industria armamentística privada: Arabia Saudí.

Quienes usan los medios masivos para dirigir la opinión y atizar ciertas antipatías adolecen de una profunda y bien conocida doble moral. En el fragor de la batalla, a algunos representantes del periodismo corporativo se les escapa ese tufillo racista que hace de trasfondo para su doble estándar. Una cosa es matar y bombardear a los miserables de siempre –en el Norte de África y el Oriente Medio–, y otra muy distinta es que los misiles caigan sobre europeos.

“Este no es un lugar, con todo respeto, como Irak o Afganistán, que han visto el conflicto durante décadas”, observó Charlie D’Agata, veterano corresponsal de la cadena estadounidense CBS, en Kiev, “esta es una ciudad… debo tener cuidado con mis palabras… relativamente civilizada, relativamente europea, una donde uno no esperaría que pase esto” (imaginemos lo que diría si no tuviera cuidado).

La BBC, por su parte, entrevistó a un burócrata del gobierno ucraniano unos días después de iniciada la invasión rusa. Ante cámaras, el ucraniano declaró: “Para mí esto es muy emocional porque veo europeos de ojos azules y pelo rubio siendo asesinados a diario por los helicópteros y misiles de Putin”. “Entiendo y, claro, respeto su emoción”, contestó el reportero de la cadena británica, sin inmutarse y volviendo rápidamente a lo importante: “¿Qué haremos para presionar a Putin?”.

Como dejaron claro Noam Chomsky y Edward Herman a fines de la década del 80, en su libro “Manufacturing Consent”, las víctimas “dignas”, es decir, las que veremos en la televisión y los diarios –y con cuyo dolor será justo y necesario solidarizarnos–, son las víctimas del enemigo de turno, el “malo”. Mientras tanto, las víctimas propias o de los aliados –como los yemeníes– serán omitidas. Nadie se pintará la cara con los colores de la bandera de Yemen (que la mayoría ni siquiera conoce).

LA TENÍAN EN LA MIRA

Como toda crisis, esta es también una oportunidad. Los regímenes de censura del “mundo libre” han aprovechado el actual conflicto para recortar aún más la libertad de expresión e información de sus ciudadanos. Continuando con su ataque sobre cualquier prensa opositora y no controlada, varios gobiernos “democráticos” decidieron suprimir, de una vez por todas, la señal de RT, la cadena de noticias rusa.

La acusan de hacer propaganda, por supuesto. Lo cierto es que le tenían ojeriza desde hace años. Incluso si damos por hecho que RT era un espacio para las operaciones psicológicas del Kremlin, siempre será mejor tener la propaganda de ambas partes, antes que solamente la occidental.

Hace ya un par de años informábamos en esta misma columna sobre cómo el canal ruso venía superando la audiencia de varias cadenas de noticias europeas. Ellas, solo por citar un ejemplo, se negaban a darle su merecida cobertura a las marchas de los “chalecos amarillos”, un movimiento social que apuntó directamente contra la austeridad neoliberal y a sus servidores en la élite política, como Emmanuele Macron. RT, en su lugar, entrevistaba a los manifestantes y les daba pantalla de manera cotidiana. Ello le granjeó una enorme audiencia.

En Estados Unidos, la estrategia del canal del Estado ruso fue rotundamente exitosa: consistió en darles voz a periodistas que, por sus posiciones disidentes, no tienen lugar en las grandes cadenas de noticias mainstream. De pronto, profesionales reconocidos por su independencia, como el premio Pulitzer Chris Hedges –ex “New York Times”– o la corajuda Abbey Martin, tuvieron la oportunidad de dirigir sus propios programas de noticias y discusión política.

En Europa y EE.UU., RT tuvo éxito porque la gente estaba hambrienta de información independiente, así como de ventanas a través de las cuales airear su propio descontento. No era necesario –y hubiera sido contraproducente– usar la cadena de noticias para manipular a un público occidental deseoso de nuevas perspectivas. Así, para desprestigiar al establishment bastaba, simple y llanamente, con hacer algo de periodismo. Como los rusos supieron prever, el discurso democrático con el que el gobierno yanqui suele justificarse le impediría cerrar la cadena rusa fácilmente.

Varias “crisis democráticas” resolverían este inconveniente. En 2016, por ejemplo, la operación “fake news” convenció al mundo de que los últimos vestigios de la democracia liberal solo podrían resguardarse censurando masivamente las redes sociales. La pandemia de Covid-19 también sería aprovechada para crear nuevas justificaciones para la mordaza.

Pero no todo está perdido, pues cada vez más gente parece hacerse consciente de que la guerra que debemos ganar es aquella que la élite, el poder –que tiende siempre a la corrupción– libra de manera constante en contra de la masa.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°578, del 18/03/2022  p18

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