Perú: La libertad de Fujimori

César Hildebrandt

A Confucio se le atribuye esta frase profética: “Antes de empezar un viaje de venganza, cava dos tumbas”. Tramar la venganza, anidarla en el corazón, hacerla destino y meta es un modo de morir en un pozo de arsénico. Quien se venga, se iguala. Y lo que más quisiera un enemigo es que uno termine pareciéndose a él.

Quien escribe esta columna tendría hartos motivos para vengarse hasta la muerte (literalmente hablando) de Alberto Fujimori.

El fundador de esta dinastía fúnebre obligó a los dueños de Canal 4 a expulsarme de la televisión, intimidó a otros que podían contratarme, envió mensajes de miedo a dueños de periódicos y revistas y me obligó a partir, con la familia, a Madrid.

Cuando regresé, años después, y volví a hacer periodismo político, la banda del Chino tramó el llamado Plan Bermuda, que no era otra cosa que el de mi asesinato y que fue revelado por el diario “La República” después de las confesiones de una agente arrepentida del Servicio de Inteligencia del Ejército.

Fujimori me odió desde el día en que revelé, en plena campaña de 1990, que él era un evasor sistemático de impuestos y que tenía algunos millones de dólares que explicar en su gestión como rector de la Universidad Agraria. Demostré también en esa ocasión que Fujimori había adquirido el fundo “Pampa Bonita” falsificando documentos ante las autoridades del Ministerio de Agricultura y siendo indebido beneficiario de la reforma agraria. Y en los meses que pudimos estar en la televisión –hasta junio de 1991– denunciamos, con balas y señales, la política de exterminio que se estaba llevando a cabo en Ayacucho y otros lugares bajo el pretexto de luchar contras las hordas del terrorismo. En noviembre de 1991, poco antes de mi partida a España, la agencia EFE me entrevistó y fue en ese momento en que, sin necesidad de ninguna agudeza, previne que lo que se venía era un golpe de Estado organizado por Fujimori para asumir el control total del país.

A mi retorno, el odio de Fujimori y su intención de borrarme del globo parecían acrecentarse cada día. Hubo televisoras chantajeadas, radios bajo amenaza, invasiones de estudios para hacerme la vida más difícil y todo empeoró cuando, con el auspicio del despojado Baruch Ivcher, la asesoría de Alberto Borea y la colaboración de Fernando Viaña y Ángel Delgado (cómo cambiaron, pelones) sacamos a circulación el diario “Liberación”.

Lo siento, pero debo decirlo: fuimos los únicos que llamamos a Fujimori con los términos que la indignación y la semántica exigían: ladrón, asesino, mafioso, fraudulento, continuista. Otros después serían los condecorados por la Sociedad Interamericana de Prensa, qué podía importarnos.

Fuimos los que publicamos, gracias a la temeridad de una cuñada de Jorge del Castillo, la millonaria cuenta en dólares que Vladimiro Montesinos tenía en el Banco Wiese. Fuimos los que obligamos a Fujimori a salir y decir que ese dinero (dos millones y seiscientos mil dólares) provenía “de asesorías externas que el señor Montesinos tenía tiempo de hacer en sus ratos libres”. Lo obligamos a enlodarse públicamente en defensa del asesor y secuaz que todo lo sabía.

Recuerdo que estando en Madrid, en la sección editorial del monárquico ABC gracias a mi generoso amigo Luis María Ansón, me encargaron viajar a Lima a entrevistar a Susana Higuchi. La entrevista apareció en el suplemento dominical del diario y en ella Higuchi describía a un Fujimori inédito y siniestro que pocos podían imaginar. El retrato que de él hizo quien fue su cónyuge por treinta largos años describe a un rufián que era capaz de negar su propia firma y de intimidar a una jueza para desconocer su huella dactilar. Todo, con tal de no pagarle a la Higuchi la deuda privada que le tenía por haber sacado de sus cuentas el dinero usado en la campaña electoral de 1990. “Es un monstruo”, me dijo Higuchi. “Keiko es igual que él”, agregó.

“Liberación” fue el diario que contribuyó a terminar de despertar al país. Habíamos vivido la pesadilla fujimorista –el canje de la libertad por el orden aparente- y ahora el espíritu de la calle era sacudirnos de las cadenas y las venias del susto. El nombre del periódico, un plagiario homenaje a lo que significaba el homónimo francés, era toda una propuesta de combate.

Fujimori fue el peor presidente de la historia peruana si consideramos que la democracia es el bien mayor a conservar. Lo ensució todo, lo corrompió todo. Desalmó al país. Patricio Lynch, el jefe del gobierno de la ocupación chilena, no le causó al Perú ni la décima parte del daño moral y social que Fujimori nos infligió.

El adversario chileno usó la Biblioteca Nacional como establo. Fujimori, que después querría ser senador japonés, destrozó la educación pública y fomentó las universidades basura. El enemigo de la ocupación saqueó todo lo que podía caber en su flota. Fujimori vendió fraudulentamente el patrimonio empresarial del Estado y se lo dio muchas veces a empresarios con patente de corso. ¿Cuál era la diferencia? Que los chilenos sabían que debían irse. Fujimori, en cambio, soñaba con un shogunato interminable.

Con Fujimori las Fuerzas Armadas se pudrieron, el Congreso fue un lenocinio, el Tribunal Constitucional desapareció, el Poder Judicial se trasladó al SIN, la “televisión informativa de la patria” padeció de oficialismo crónico, la prensa chicha fue pandilla bate en mano, el poder electoral era una sucursal de Palacio, las radios maullaban terror. ¿Qué quedó en pie? ¿Qué metro cuadrado institucional no fue vejado por la pezuña de ese gobierno que creó a los Colina y los condecoró? Al final, sólo quedó la calle, el grito, el coro gigante de la rabia.

Fue un video el que remató a un gobierno que había vivido de la imagen. Fueron las voces de esa escena –la de Montesinos preguntando cuánto y sugiriendo diez mil dólares y la de Kouri diciendo quince– las que terminaron con el hechizo. Hasta los pobres de las manos tendidas, fujimoristas por el hambre, entendieron que suprimir la dignidad no era ya aceptable.

Luego Fujimori extrajo su identidad de japonés encubierto, postuló a la Dieta, fracasó y se fue a Chile a la espera de su resucitación. Lo engañaron vilmente quienes querían recuperar la Lima-Chicago Chico de los 90.

Fue extraditado, juzgado y condenado. Su sentencia fue una pieza mayor de la literatura jurídica y recuerdo haber escrito una columna alabando su fondo y su estilo.

A la cárcel, pues. El que humilló a un país que no podía amar terminaba entre rejas por robar de su tesoro público y crear grupos diestros en matanzas.

Hace 15 años que Fujimori está en la cárcel. Su hija ha intentado ser presidenta en tres ocasiones. El peso de la mochila es excesivo. El apellido que lleva tiene la resonancia de una maldición. La persigue, le dispara por la espalda, como a los de La Cantuta.

Fujimori tiene 83 años. Está enfermo. Su hijo quiso liberarlo siguiendo el estilo de la familia: comprando congresistas vía canje en connivencia con PPK, un fujimorista de bolsillo, corazón y comisiones. Otro fracaso. En esa trama corrompida se ha basado el TC que ha abierto la reja de Barbadillo.

Alberto Fujimori perdió el honor y la reputación por todo lo que hizo y por todo lo que instigó a hacer. La libertad es lo que menos significa en su caso. Le quedan pocos años y sus médicos y abogados hablan de un indulto humanitario. Ser compasivo con un recluso más que octogenario y enfermo es una demostración de que el Perú es mejor que el hombre que quiso infectarlo para siempre.

No importa que hayan sido magistrados conservadores del TC quienes dictaron el fallo. La compasión no debería tener siglas ni apellidos y, más allá de leguleyadas y mugres procesales, lo cierto es que la decisión del TC es política. ¿Debería importarnos eso? A estas alturas, pienso que no.

Los familiares de las víctimas tendrían que entender que si Fujimori muere en la cárcel, una niebla de falso heroísmo y victimización intentará cubrir su memoria.

Fujimori es un capítulo felizmente cerrado de la política peruana. Su hija no será presidenta y con el patriarca terminará esta historia que hubiera sido extraordinaria si se hubiese limitado a la reconstrucción económica y a liquidar los rezagos terroristas. No fue así, sin embargo. El sueño autocrático de Fujimori destruyó su gobierno y acabó con su leyenda de eficacia.

Hoy Alberto Fujimori es el pasado que le toca las puertas a la sensibilidad y al don de la generosidad. Si fuéramos como él, las cerraríamos. Que las abramos es la confirmación de un triunfo moral que nos enriquece como seres humanos.

Porque el desquite verdadero es el olvido.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°578, del 18/03/2022 p12

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