Perú: Estamos locos y no tenemos remedio

César Hildebrandt

Hace tiempo que quiero decirlo, pero no me atrevo.
¿La cobardía me lo impide?

Debe ser. O quizá sea el sentido común, que muchas veces es una variante de la cobardía.

Es cierto que lo he insinuado, que lo he dicho entre líneas, con la boca torcida.

Pero no lo he dicho de verdad ni con la firmeza del caso.

Y hoy quiero hacerlo. Aquí va:

“En las circunstancias actuales, el Perú no tiene remedio”.

En la hipótesis de que nos libremos pronto de Castillo, como tendría que ser, lo que quedará por resolver es este remedo de país.

Es mi país, lo sé, y el patriotismo es un bálsamo, también lo sé. Y el antipatriotismo se ve con desprecio y los pelotones de fusilamiento de las redes sociales rastrillan sus armas al unísono, eso es sabido.

Pero me importa un comino y lo diré de nuevo:

“En las circunstancias actuales, el Perú no tiene remedio”.

Donde miremos, allí está la hiedra venenosa del caos, la violencia, la corrupción, el oportunismo y la hipocresía.

Y cuando creemos que en ese mar descompuesto hay una isla donde refugiarnos, entonces descubrimos que el señor Rafael Vela y el señor José Domingo Pérez decidieron encubrir, con la ayuda de un juez, a la mafia de los Odebrecht, suavizar sus penas, aligerar sus reparaciones en metálico, permitir que siguieran operando en el país donde habían hecho de vientre, para luego hacer el ridículo más hilarante de los últimos años: enterarse en Brasil, donde Vela y Pérez habían viajado, que los de Odebrecht, respaldados por los fiscales brasileños, no hablarán más hasta que el Perú termine de resignarse a las migajas y desista de cualquier otro resarcimiento. Eso mientras los reclamos de Odebrecht ante el CIADI amenazan financieramente al Perú. Todo un vomitorio.

No somos nada. Y, además, Lula, el padrino de las constructoras brasileñas que aquí pudrieron lo que pudieron, es de nuevo presidente y padrino por tercera vez. ¿Volverá a hacerle a algún Graña limeño una oferta que no podrá rechazar?

La fiscal que investiga la mugre de la Chota Nostra es una señora tan dudosa como su hermanita, a quien protegió de modo descarado. La prensa que denuncia a la banda de Palacio es la misma que aduló a Fujimori y sueña con un Bolsonaro de bolsillo para estas latitudes. El Congreso que se enfrenta al Ejecutivo merece su propia fumigación. Y los partidos políticos que disputarían las precoces elecciones que estamos buscando pertenecen, todos sin excepción, a la indecencia.

Oficialmente, sin embargo, somos casi el edén de la manzana prohibida. Nos mentimos como psicópatas. Nos negamos a admitir nuestra condición de auténticos decadentes y seguimos diciéndonos que somos un país maravilloso, una cuna de la cultura, una promesa de ese futuro que está a la vuelta de la esquina.

Puras mentiras.

El gran problema es que no admitimos la enfermedad que nos roe. Ese mal es, abiertamente, la locura.

Desconectado de la realidad, el paciente sueña que casi está en la OCDE, que la OEA vendrá a ayudarlo, que la ignorancia nos conducirá a la cultura, que la carretera central no construida en doscientos años se hará en dos, que Australia es pan comido, que el tránsito se arreglará espontáneamente, que la mortal inseguridad se alivia liberando a los criminales reincidentes, que las mineras tolerarán siempre la ocupación de sus instalaciones, que la selva aguantará otro siglo de tala ilegal, que el río Madre de Dios seguirá discurriendo a pesar del mercurio de la minería delictiva, que los partidos políticos se regenerarán con los mismos viejos cuadros haciendo de las suyas.

Sin sedantes, sin camisa de fuerza, tenor de sus delusiones, el paciente grita que la desigualdad extrema no derivará en un big bang social, que el medio ambiente no está en peligro, que los sueldos mínimos no deben subir, que los miserables de los cerros están allí de modo voluntario, que Paolo Guerrero seguirá siendo una estrella, que hay un cine peruano internacionalmente afamado, que tenemos poetas de sobra y novelistas como cancha, que Woodward y Bernstein admiran a Hume, que el vino chinchano marida con faisán, que las AFP son justas, que la Constitución del 93 es intocable, que la cholería es propensa a la agitación, que el malogrado Pedro Castillo no es producto del fracaso nacional de la educación, que Keiko es Indira Gandhi, que la derecha no tiene culpa de nada, que el neoliberalismo viene del Antiguo Testamento, que no nos ganan y que Dios tiene barba rojiblanca.

Estamos locos. Y no tenemos remedio.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 610 año 13, del 04/11/2022, p16

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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