Perú: Prensa y falacias

César Hildebrandt

Hay quienes creen que la prensa es un santuario de la libertad.

Depende. Es cuestión de revisar, sin espíritu gregario, algunas cosas.

La prensa peruana, por ejemplo, no tiene mucho de qué jactarse en relación a su pasado reciente y su presente muchas veces ominoso.

Por ejemplo: ¿qué hizo la prensa, en general, ante la dictadura de Fujimori?

Recordemos el susto, la anuencia, la agachadita, la coartada siempre dispuesta a otorgarse a quien la requería.

Regresé al Perú a mediados de 1995 y lo que encontré fue el escenario del Pigalle parisino interpretado por las geishas del fujimorismo infiltradas en todo el espectro de las comunicaciones. Sus vocecitas, sus kimonos, sus inclinaciones colmaban las radios, las televisiones y las redacciones. Maullaban en japonés, sobaban en esperanto, pedían favores en inglés de Baja California.

RPP era, una vez más, la emisora oficial y “El Comercio” y adjuntos demostraban una cautela infinita para sugerir, en pocas ocasiones, que algo podría estar mal, que algo podía estar oliendo a carroña. ¡Cuánto sigilo! ¡Cuánta prudencia! ¡Cuánta publicidad! ¡Cuántas comilonas!

Esas delicadezas se mantuvieron cuando perdimos la guerra del Cenepa, aquella que ganamos según el relato de los corresponsales limeños, durante la discusión sobre la “interpretación auténtica” del artículo constitucional que impedía la segunda reelección de Alberto Fujimori y hasta cuando aparecieron los primeros y sólidos indicios de corrupción de la cúpula dictatorial.

Fue una vergüenza.

No lo olvidemos: decenas, centenares de presuntos periodistas embarraron con calumnias de la peor especie a la poca oposición de aquellos tiempos. Lo hicieron desde la prensa chicha sostenida con dinero público, desde Cable Canal de Noticias, desde el “Expreso” de Calmell del Solar y desde las solemnes trincheras de la prensa tradicional. Nunca vivimos una pesadilla como esa. Un régimen corrompido en su esencia halló en la prensa, con algunas contadas excepciones, el aliado ideal. ¿O es que ya nos olvidamos que desde la covacha de Bresani, empleado de Montesinos, se emitían las órdenes para que “La Chuchi” o “El Chino” pintaran como homosexual a Gustavo Mohme Llona?

Fujimori arrasó con las instituciones y la prensa no se sublevó. Si las turbas de Leguía no pudieron asaltar “El Comercio” porque el diario se defendió a balazos, esta vez el hampa entintada de Fujimori no requirió de balas o vociferaciones para domar al decano y hacerle entender que la agenda del gobierno era la del país. La del país tal como lo entendían la derecha más reaccionaria, los señores Joy Way, Yoshiyama o Camet, los generales Hermoza Ríos y Villanueva Ruesta, los sicarios del Grupo Colina y los locutores y locutoras del chicheñó.

La democracia peruana estaba en ruinas y la infección era tan virulenta que hasta la CIA había decidido tomar higiénica distancia del régimen fujimorista. Y ni siquiera por eso tuvimos una prensa aguerrida que se enfrentara a las hienas. A mí me volvieron a botar de la televisión, me sacaron de Radio 1160 y me dejaron alguna vez sin imprenta cuando fundé y dirigí “Liberación”. Pero ese periódico anómalo, “La República” y a veces “Caretas” éramos poco enemigo para tamaña maquinaria de propaganda. Sólo al final del régimen, “El Comercio” libró la batalla en torno al oficialista fraude electoral en Huánuco. Era tarde. Fujimori había sido re-reelecto y el diario de los Miró Quesada, en editorial que no olvido, terminó pidiéndole al país que aceptara la ilegal reincidencia de quien pensaba quedarse otros diez años en el país-burdel que había erigido. Y en relación a Canal 2, apoyó rabiosamente a Fujimori hasta que tuvo un pleito de índole mortal con Montesinos y se convirtió en trinchera de la resistencia.

¿Dónde estuvo la gran prensa cuando Martha Chávez calumniaba a los muertos de La Cantuta? ¿Dónde estuvo cuando el Ejecutivo se tragó al Poder Judicial y regurgitó jueces con pasamontañas? ¿Dónde se escondió cuando “Liberación” publicó las cuentas millonarias en dólares de Montesinos?

La prensa de hoy es un eco de aquella destrucción. No es la polarización la que la explica: es el odio.

La derrota electoral del 2021 le hizo creer a la vieja derecha sin escarmientos que las calles son enemigas, que la oposición concilia con el terror y que los caviares ocupan todos los círculos del infierno dantesco. Por eso apoya a Dina Boluarte, que ha prometido no hacer nada y que está cumpliendo escrupulosamente ese compromiso.

Es cierto: Pedro Castillo fue un imbécil en pos de los sencillos que encontrara. Pero eso no hace a Dina Boluarte una presidenta ni al Congreso una auténtica representación de los intereses populares.

Y un gran sector de la prensa sigue mintiéndole a la gente. Habla de leyes que la amenazan y de cárceles imaginarias, cuando lo que le quita credibilidad y pone en peligro su existencia es su entrega al poder del dinero. En países como el nuestro no se requiere a Fidel Castro para acabar con la prensa: su tendencia al suicidio es imparable.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 635 año 14, del 12/05/2023, p16

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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