El viejo mundo muere en cada marcha

Alberto De Belaunde

“El viejo mundo está muriendo. El nuevo no termina de nacer. Y en ese claroscuro, surgen los monstruos”. Esta frase, atribuida al filósofo italiano Antonio Gramsci, bien podría reflejar el momento actual de la política peruana. En los últimos siete días hemos presenciado en el Perú una serie de acontecimientos críticos que parecieran mostrar la existencia de dos mundos que conviven en el mismo país, al mismo tiempo.

Un mundo pequeño, habitado por personajes anacrónicos que se aferran a las viejas y tramposas formas de la política añeja. La conversación a media voz en el pasillo, el pacto bajo la mesa, la búsqueda del aplauso fácil. La indignidad. No les interesa aportar ideas, solo frases vacías repetidas hasta el hartazgo. La magnitud de su ambición es solo comparable al desprecio que sienten por las instituciones que se interponen entre ellos y las cuotas de poder a las que aspiran.

En las últimas semanas los vimos actuar afanosamente –desde el Congreso, desde sus medios de comunicación, desde sus gremios– para impulsar una toma de poder ilegítima e inconstitucional. Sumergieron al país en una profunda crisis política, en medio de la peor emergencia sanitaria y económica que hayamos visto. Una maniobra que quedará grabada como uno de los actos más vergonzosos que ha visto la historia peruana.

Pero, además, una vez alcanzado el control, han decidido rodearse de personas cuyo ego y falta de empatía están por encima de cualquier otra consideración. Nunca la expresión “ancha base” fue utilizada para expresar algo tan raquítico y homogéneo. Pero hay que reconocerles a los flamantes ministros su sinceridad: formar parte de este régimen nos expresa de forma clara e indubitable cuál es su escala de valores.

Incluso quienes querían darle el beneficio de la duda ahora miran para otro lado o empiezan a mostrar su preocupación. No es para menos. En pocos días ha quedado clara la impronta de una transición autoritaria. Neutralizar al Tribunal Constitucional, descabezar a la Procuraduría General, desmantelar a la Sunedu, censurar al canal de todos los peruanos, aumentar la represión policial son tan solo sus primeras operaciones visibles.

Sin embargo, a la par de esta usurpación de la voluntad popular por quienes saben que no son capaces ya de ganar elecciones, esta semana también ha surgido un fenómeno extraordinario. Cientos de miles de personas han salido a las calles, todos los días y en todo el Perú, para expresar su rechazo a lo que viene sucediendo. No solo repudian la vacancia irresponsable y el giro antidemocrático que ha dado el gobierno peruano. También expresan el hartazgo de la hegemonía política de todo ese mundo de personajes que no miran más allá de su ombligo.

Ellos, los miles de jóvenes que han impulsado las marchas, que comunican con creatividad a través de las redes sociales, que cacerolean todas las noches, son la nueva política. Una de mirada amplia, convocante y renovadora. Esta juventud diversa quiere un país donde entremos todos. Una democracia donde todos podamos ser felices bajo un Estado justo y limpio. Si antes lo deseaban, hoy han decidido empezar a hacerlo realidad. Y así, en pocos días, han puesto en jaque a la esencia misma de la vieja política que, sin darse cuenta, hoy da manotazos de ahogado.

Estamos atravesando un momento bisagra. Días en los que se define el destino del Perú hacia el bicentenario. El autoritarismo, como el monstruo predicho por Gramsci, hoy surge e intenta secuestrar nuestro país. En las manos de la nueva generación de jóvenes, hoy en las calles, está que esto no ocurra, que la democracia prevalezca y que de esta crisis surja el país con el que soñamos.

A más represión, más organización. A más desprecio, más movilización. A más campaña de miedo, más esperanza. A más alarmismo, más humor. Estos días quedarán por siempre marcados como la prueba de que expresarse, protestar, hacer ciudadanía, sí funciona.

La vieja política muere en cada marcha. Y no podrán evitarlo.

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