Verónika Mendoza: “Una no se puede poner de costado”

Fernando Vivas

Me ahorra decidir si la trataré de tu o de usted, porque responde el teléfono usando el vocativo distante. Con los años y las postulaciones, Verónika Mendoza se ha vuelto más institucional y discursiva. Trataré de que sus respuestas salgan debajo de esos dos ponchos defensivos que se coloca en la campaña. Cuando quedó fuera de la segunda vuelta en el 2016, ¿allí le surgió la convicción de que tenía que volver a intentarlo?

“Sí, en aquella oportunidad, el amplio respaldo del pueblo peruano y su demanda de cambio, nos confirmó que teníamos que seguir consolidando una alternativa política”. Verónika nada como pez en el agua no gubernamental, fluye en el lenguaje de tribu política, hasta que concluye, firme e impersonal: “Ya cerca del actual periodo electoral, colectivamente se dio la decisión de que yo fuera la candidata. Pero la decisión se dio en ese orden, el proyecto político por delante”.

El proceso y tú

En julio del 2015 la visité en su despacho de congresista, porque iba a escribir un perfil sobre ella. Llevaba unas temporadas de haber roto con el humalismo y con sus fundadores Ollanta Humala y Nadine Heredia; y se la voceaba como posible candidata de un frente de izquierda; pero era reticente a confirmar su intención de aceptar el reto. Se lo pregunté varias veces y me decía que eso era un ‘proceso colectivo’ y no dependía de ella. Cada que volvía a la carga, se amparaba en que todo era un ‘proceso’. Hasta que le pregunté qué haría si el proceso mandaba que la compañera Verónika fuera la candidata. Por una sola vez, la vi escapar con una risa.

La campaña, la pandemia y el teléfono, hacen perder a los candidatos esa frescura. Aquella vez hablamos buen rato de su vida, del matrimonio de la francesa Gabrielle Frisch, que llegó de mochilera al Cusco y se enamoró del campesino y profesor Marcelino Mendoza, de Andahuaylillas (sí, sus papás), de sus estudios en Francia, de su quiebre con el humalismo (poco después su nombre y su letra aparecieron en las agendas de Nadine), de muchas otras cosas y hasta bromeamos con ese lenguaje que la llevaba a abusar del ‘proceso’.

Por eso, cuando dice que ‘el proyecto político está delante’, confirma un rasgo definitorio de su personalidad de izquierda: esa convicción –mística comunista, si prefieren- de que cada paso trascendente que uno da se inserta en una voluntad colectiva. La candidata continúa argumentando sobre su decisión de postular al 2021: “Para mi era importante que esta decisión sea colectiva, sobre la base de una articulación de diversas organizaciones sociales, políticas, sindicales”.

Insisto, para salir del colectivo, en el componente personal de su decisión y responde: “Lo que me decidió en esta oportunidad fue lo dura y dolorosa que es la pandemia. Viendo cómo miles de peruanos y peruanas se mueren por falta de oxígeno, por falta de atención oportuna, se quedan sin estudiar por falta de internet, se quedan sin trabajo; una no se puede poner de costado”.

Verónika se adelantó a mi pregunta sobre si la pandemia desalentaba el afán de candidatear, afirmando todo lo contrario: que, más bien, la anima. “Además, el Perú y la gente demandan cambios de fondo, reformas estructurales que nadie se atreve a hacer. La clase política prefiere seguir con el piloto automático que nos ha llevado a la actual situación, con un estado que deja en el abandono a sus ciudadanos, una economía precaria que deja al 70% en la informalidad. Necesitamos cambios de fondo y estamos dispuestos a hacerlos, con valentía y de la mano de la gente”.

El tono es adusto; la propuesta quiere sonar radical y lo es; pero vean cómo las ‘keywords’, las palabras claves, son más coloquiales. La ‘revolución’ se ha convertido en ‘cambio’ y el ‘pueblo’ se convirtió en ‘la gente’. En la candidata de Juntos Por el Perú (JPP), se nota ese esfuerzo por simplificar el lenguaje de izquierda, pero cuando le pregunto si en su propósito de candidatear la desanimó el no poder hacerlo con su propio partido Nuevo Perú (NP) (no llegó a inscribirlo al JNE y tuvo que aliarse a JPP fundado por Yehude Simon), responde con el viejo idioma: “Hemos seguido un esfuerzo por consolidar, institucionalizar una organización política”. En efecto, hace unas semanas presentó su expediente al JNE, para inscribir a NP con los nuevos requisitos, que ya no demandan cientos de miles de firmas, sino algo más de 20 mil fichas de afiliados.

Tras bambalinas

Quiero ir más lejos en la biografía de su ambición. ¿Cuándo le pasó por primera vez por la cabeza la idea de lanzarse? “Fue en el 2015, parte de una decisión colectiva y como parte de una reflexión y maduración política. Decidimos pasar de la política del barrio, de la comunidad, de la política de los esfuerzos aislados a construir una alternativa nacional; pasar de la resistencia, de la crítica, de la oposición, a la voluntad de gobierno”.

Sigo hacia atrás. ¿Cuándo postuló al Congreso en el 2011, le pasó por la cabeza que ese camino podía llevar a la candidatura presidencial?. “No, para ser muy honesta, no. Yo me siento más cómoda en los espacios de organización, digamos tras bambalinas, apoyando más bien a otros para que ejerzan el trabajo de representación. Pero, bueno, la vida y las circunstancias te plantean desafíos en determinados contextos y toca prepararse para asumirlos”.

Esto no es un pequeño detalle, es un rasgo esencial de la candidata: Verónika revela que lo suyo es más la organización que la representación. Siguiendo esta tesis sobre sí misma, pararse ante el grupo y ante la masa para liderarla; solo podría validarse porque lo pide el aparato, porque lo exige la organización. O sea, la candidatura de Mendoza sería el atrevimiento de una activista alentada por sus compañeros a pararse en el centro de la escena.

Sigamos el viaje hacia atrás, ahora con el propósito adicional de saber si ya antes en su vida se le presentó ese dilema de organizar o representar. En la escuela primaria en Andahuaylillas, luego en el Cusco, ¿fue la primera del salón, la delegada de la clase? “No fue particularmente mi interés, no me proyecté en ese sentido. Mi mayor aspiración era poder contribuir, particularmente desde la educación, a construir un país que reconozca todas las voces, todas las luchas”. Y repite su tesis personal: “Mi perfil, mi interés, no era el de representar precisamente, no era de ejercer una vocería o liderazgo; sino ser parte de un proceso colectivo. Participar, sí; pero desde un rol más constructivo, organizativo”.

Volvamos al presente y a su lanzamiento en pandemia. “Honestamente, yo más bien pensaba retomar con más intensidad mi trabajo profesional y la dedicación a la familia; pero las circunstancias que hemos atravesado me desafiaron y me desafían a asumir este rol. No puedo ponerme de costado cuando veo que quienes pretenden conducir el país no están dispuestos a hacer cambios de fondo. A diferencia de ellos que nos ven con cierto desdén, que suelen decir que el Perú es un país pobre, que no estamos capacitados; yo amo a este país”.

Si esa vez fue la pandemia, le pregunto qué hecho fue detonante de su afán de pasar al liderazgo en el 2016. “Una cosa que me marcó fuertemente fue cuando estuve en el Congreso y estalló el conflicto de Espinar [protestas por contaminación del agua por la actividad minera en la zona], ahí comprendí que lo que me tocaba era estar del lado de la gente”. Mendoza no pierde ocasión de afirmar esa parte esencial de su radicalismo que la lleva a plantear una zonificación territorial que desterraría a la minería de varias regiones del país.

Cuando le pregunto por los referentes de su liderazgo, piensa primero en mujeres: “Lo que me da fuerza para seguir este camino a veces difícil de la política, son aquellas mujeres cuyas voces no suelen ser escuchadas, que son estigmatizadas o ninguneadas, y a pesar de eso logran sacar coraje de sus tripas. Pienso en la pequeñita y a la vez grande Máxima Acuña [dueña de un terreno vecino al yacimiento aurífero de Conga, que se negó por todos los medios a venderlo a la minera Yanacocha]. Pienso también en mi abuela [Beatriz Sánchez], una quechua hablante, partera de su pueblo, que no tuvo la oportunidad de estudiar, de aprender a leer y a escribir; y sin embargo, sacó adelante a una familia de 7 hijos y logró educarlos, vendiendo maíz y chicha. Pienso en ellas, ellas son las que me dan fuerza”.

Máxima Acuña, perdonen la ironía, tiene un terreno que vale oro; pero doña Beatriz, ya difunta, debe significar mucho para la candidata que propone grandes cambios pues, en esta historia, ya entraña un gran cambio. Ni siquiera tuvo acceso a la educación básica y su nieta estudió psicología, hizo un máster en ciencias sociales en París, quedó tercera en el 2016 y ahora vuelve a estar entre las de mayor intención de voto y las de más intenso anti voto. Son los contrastes, radicalidades y diversas realidades del Perú.

Una coda íntima. La candidata cambia, ahora sí, de tono, cuándo le pregunto si le consultó a su familia antes de lanzarse al ruedo: “Por supuesto, sí, con mi padre, mis hermanas, porque esta es una decisión que también impacta en sus vidas. Y, sobre todo, con mi familia, con mi pareja [el músico Jorge Millones] y con mi hija, mi pequeñita Micaela que, aunque tiene 9 años, pregunta y desafía. Por supuesto, lo he conversado con ellos, y sin su respaldo no tendría la fortaleza que tengo ahora”.

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