Perú: «Tres narrativas sobre el presidente»

Carlos León Moya

En el sector de la izquierda que acaba de ser apartada del Ejecutivo hay varias narrativas sobre lo que es el presidente Pedro Castillo, lo que ha venido siendo su gobierno y cómo podría enmendar el rumbo que ha tomado. En esta columna me centraré en tres de ellas.

En la primera, que podría ser vista como “la narrativa leal”, el presidente Castillo es innatamente bueno. Por su propio origen, tiene una emoción social y una empatía única hacia los sectores más desfavorecidos. Al final, esta emoción y empatía podrían prevalecer a sus propios errores. Al final, Castillo encontrará de alguna manera el rumbo.

Este relato lo usan casi todos sus exministros: algunos con críticas a su manera de dirigir el país, otros evadiendo el tema. Por momentos parece un acto de fe: como no tenemos nada que indique que Castillo encontrará un norte, apelemos para nuestra tranquilidad a su propio origen.

Así, el origen social de Castillo pasa de ser una reivindicación igualitaria (“por fin un maestro rural es presidente”) a un deseo de una mejor gestión (“esperemos el presidente encuentre el camino, y seguramente lo hará debido a su origen rural”). Vallejo decía que todo acto o voz genial viene del pueblo o va hacia él. Esta narrativa, cuyo único anclaje es el origen social de un actor político, es una perversión de ese argumento.

En la segunda narrativa, Castillo ya es un traidor porque dejó las banderas de izquierda. Por supuesto, quienes sostienen esto estuvieron cerca al gobierno hasta la semana pasada. Ellos eran la garantía de cambio. Con ellos fuera, se acabaron los cambios. El mismo argumento que utilizó la izquierda con Humala el 2011, y utilizó Perú Libre hasta que volvió al gabinete, es usado hoy por algunos miembros del Nuevo Perú.

Aquí la dimensión principal, casi la única, es la ideológica: izquierda versus derecha. Para que Castillo deje de ser traidor, y su gobierno retome el rumbo, él debería volver a la izquierda y cumplir con sus promesas de campaña. Simple. Sencillo. Pedestre. Algunos van incluso más allá y creen que, una vez logrado esto, Castillo debería marcar la cancha y dividir el espectro entre la izquierda democrática, por un lado, y la derecha golpista, por otro.

Por supuesto, este argumento –tan sencillo– omite varias cosas. Por ejemplo, la dimensión institucional. Muchos entienden lo institucional solo como la defensa de los cinco años de mandato del presidente Castillo: todo intento por acortarlo, sea por vacancia o pedidos de renuncia o adelanto de elecciones, es antiinstitucional.

Puede ser cierto. Sin embargo, lo institucional tiene muchas otras dimensiones. Por ejemplo, el deterioro progresivo de la capacidad estatal y el deliberado ataque contra la ya escasa meritocracia en la alta burocracia pública es también un atentado contra la institucionalidad. Y eso lo viene haciendo no el Congreso sino el gobierno, y con cada vez más ansias. Viéndolo así, tanto Castillo como el Congreso son atentados contra nuestra precaria y débil institucionalidad.

Volviendo a esta segunda narrativa, Castillo solo debe abrazar a sus antiguos aliados y problema solucionado. Como si los seis meses que tuvo a su lado hubiesen servido de algo.

La tercera narrativa, aún más fantasiosa, es que el presidente no podrá cambiar por sí mismo el rumbo de su gobierno. Por tanto, necesita que se lo cambien, que lo presionen y lo corrijan.

Para Perú Libre, en la tradición marxista-leninista, ese corrector es el partido. Para el Nuevo Perú, en la tradición de la ciencia-ficción, ese corrector es la “ciudadanía consciente, organizada y movilizada”.

Al menos Perú Libre culpaba a Castillo de lo que ellos consideraban sus errores. Se había dejado llevar por los caviares, su escasa formación ideológica le pasaba factura. En cambio, para el Nuevo Perú –más cautos, menos violentos, quizá más paternalistas– el culpable nunca es Castillo. En palabras de Verónika Mendoza, los culpables del descarrilamiento de Castillo son “el chantaje neoliberal, la presión del conservadurismo, el oportunismo, la informalidad, los intereses corporativos”. Entidades gaseosas y sin nombre propio. La derecha, y también los vicios de la izquierda (no la izquierda, solo sus vicios). Nunca una persona de carne y hueso. Nunca Castillo.

Por supuesto, este argumento debe entenderse como la declaración de una lideresa de izquierda que quiere marcar distancia con el gobierno, pero no romper definitivamente con él. Pero a la vez es un patrón de conducta: en seis meses, los aliados expectorados justificaron de varias maneras las malas acciones del presidente, y hoy, con ellos fuera, siguen sin responsabilizarlo por sus actos. Como si fuese inimputable (quizá, nuevamente, por su origen social: el paternalismo de Nuevo Perú contrasta con la voracidad de Perú Libre). Y dejan la responsabilidad del cambio de rumbo ya no en ellos, que eran la garantía de cambio, sino en una ciudadanía organizada y movilizada que, en realidad, está totalmente atomizada y apenas se moviliza por chispazos.

Viendo estas tres narrativas, pienso que Ollanta Humala no tuvo tanta suerte. Cuando cambió de rumbo, nadie lo intentó justificar: ni la izquierda ni la derecha. Nadie apeló a su origen. Nadie le ofreció volver a la izquierda. Todos lo culparon a él. Y su gobierno no tuvo, ni por asomo, un nivel de deterioro político e institucional como este. No sé si en la izquierda nos volvimos más indulgentes o más tolerantes.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°574, del 18/02/2022  p15

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