Perú: Fuera, Canales

Juan Manuel Robles

Cuando veo las manifestaciones de rechazo al alcalde de Miraflores, Carlos Canales, me alegro mucho pero también me pregunto qué clase de histeria o fiebre llevó a los pobladores del bonito distrito a votar por un sujeto que en plena campaña dijo que era necesario “educar” a los limeños que bajan de los cerros y tiran basura, o peor, “hacen la pila” en su distrito. Digo, ya no estamos en 1960. ¿Qué puede haberlos impulsado a darle la alcaldía a un hombre así? Ah, ya sé. Fueron los ánimos crispados, la calentura anticomunista, el miedo a Castillo que llevó a un montón de ciudadanos de bien a ver, como una opción razonable, a la derecha ultraconservadora que barre, limpia, pone orden. La idea parece haber sido: la última vez que rechazamos a la ultraderecha llegó el sombrero luminoso, no hay que temerle al “otro extremo” porque al menos cuida la propiedad privada.

Que el hombre tenga esas ideas viejas —quién no tiene en casa a alguien así— es solo un detalle.

Lo que no vieron —o no quisieron ver— es que un señor capaz de decir en voz alta disparates discriminatorios —que evidencian su estrechez mental— muy probablemente será protagonista, ya en el poder, de una ofensiva contra el espacio público en la que se impondrán no solo barreras y límites con tufo racista y clasista (a los limeños de “los cerros”), sino que terminarán perjudicando a los propios residentes, con ordenanzas absurdas que crearán conflictividad y malestar. Exactamente lo que ocurrió.

En los parques de Miraflores los guardias municipales se ensañan contra las bailadoras de zumba y las practicantes de yoga; cualquier goce del espacio que congregue a más de tres personas es vigilado y hostigado. En Miraflores ya no se puede grabar libremente con una cámara, los artistas callejeros ya no pueden postular a un espacio para vender sus cuadros, alguien sacó las bancas de la avenida Larco, porque “cualquiera” se sentaba allí, el parque de los skaters será “trasladado” y los espacios culturales son ocupados por oficinas administrativas (¡incluso la sala Miró Quesada, que recibía centenares de miles de visitas!), cualquier cosa que suena a pensamiento libre o distracción es cercada por un fiscalizador y su fuerza de choque.

Ojalá los activistas logren sacar al responsable de todo esto. Pero ojalá también que los votantes de Canales aprendan la moraleja de esta historia: no es bueno elegir a nadie visceralmente, pues el extremo derecho no garantiza la estabilidad (¿qué les hizo creer que sí?). No es que porque respeta el modelo y la economía y hace chistes anticomunistas vaya a dejar de ser un riesgo.

Canales juega con cosas que parecen menores (digamos, simbólicas), pero no lo son.

El Perú del boom que amaron los neoliberales, tanto los progres como los de derecha fuerte, fue uno construido con apertura al mundo y valores de tolerancia e inclusión (era entendido como simple progreso aunque hoy se lo llame “globalismo” o “agenda 2030”). Fue un país que creció a inicios de siglo con transnacionales que tenían políticas firmes antidiscriminación y gurúes de la gastronomía que predicaban la diversidad (el insumo y el sabor como metáforas del Perú ancho). Un país que tomó consciencia: para algunos fue un tema de crecimiento mental y para otros fue solo un asunto de mercado al que tocaba adaptarse, pero ocurrió.

Miraflores fue central en ese desarrollo. ¿Con qué derecho Canales quiere destruir todo eso? ¿Es consciente de lo que costó la lucha antidiscriminación, con operativos municipales útiles de verdad (no como los suyos) que sirvieron de modelo para todo el Perú? ¿Sabe el señor Canales que en Miraflores quebraron discotecas racistas debido a las multas impuestas? ¿Cree que es un simple decorado el letrero de “está prohibida la discriminación” tan emblemático? Si llegó a haber un conato de ciudad cosmopolita, un poco más cerca del mundo al que aspiramos, fue por esos vientos.

El distrito se alejó del parque amurallado para ser un lugar donde florecía la cultura, el deporte, la vida libre y tu porro en el acantilado, un pequeño renacimiento humanista para toda una generación de limeños. Porque Miraflores no es solo de sus residentes. Miraflores es un remanso de la ciudad más fea de Sudamérica que da gusto visitar. En momentos críticos para la economía, en años difíciles de ayer y hoy, es tal vez lo único que queda: contemplar el mar desde el acantilado, la belleza que nos pertenece.

Hoy la derecha que dejó pasar a Canales se da cuenta de su error y aplaude tímidamente a los ciudadanos que se comen el pleito del proceso de revocatoria. Es una derecha que ahora tiene nuevas preguntas que hacerse. Por ejemplo: ¿cómo hacemos para que un líder ultraconservador sea viable para la economía? Pues la respuesta es más o menos simple: no es posible. Lima cambió demasiado, se mezcló demasiado, atrajo emprendedores de regiones muy diversas, como para pretender retroceder al gamonalismo de mantener a raya a los “otros”. Mantener a raya a los otros, a los que “bajan de los cerros”, suena a chiste del abuelo en la sobremesa, pero volverlo política edil es malísimo para el mercado.

Por eso vemos a “Semana Económica”, esa revista de derecha recalcitrante que fue cómplice del boicot contra Castillo, alzando la voz contra la sinrazón de Canales. Sí, incluso ellos. Tantos años sosteniendo que cierta ideología daña la inversión privada y ahora les toca admitir (no explícitamente, claro) que la ultraderecha también malogra la plaza, con sus perturbaciones y murallas.

Ojalá este proceso sea ocasión para hablar en serio, con miras al 2026, de los peligros de estos radicales, que construyen tan poco y deshumanizan tanto.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 673 año 14, del 16/02/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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