Soledad y vejez

Luis Herrera (*)

Para muchos vivir es un sinónimo de actividad, de ahí, por ejemplo, y con frecuencia, la jubilación resuena como la presencia de la muerte. Frente a la no actividad, el anciano temeroso del final, siente que la sociedad lo repudia pues lo ve como una carga. Actualmente, esto se agudiza por la pandemia que sufrimos, donde el anciano es mirado como peligroso o en peligro, y del cual hay que cuidarse.

Quizás, el más importante escollo de la vejez sea el declive de las fuerzas de vida que se pueden observar a través de síntomas tales como la astenia, la apatía, la inercia y la depresión. Muchos son los ancianos que tienden a inmovilizarse y a perder su interés por la vida, intensificándose aún más su malestar si acaso viven solos. La soledad es trágica pues el individuo se encierra en sí mismo como esperando que llegue la muerte o esperando que se prepare el camino para patologías graves.

Los seres humanos, conforme vamos avanzando en la senectud, regresamos a la infancia en busca de recuperar la vida perdida. Si tenemos la suerte de ser cuidados y protegidos por la familia esto atenuará el dolor de la pérdida y el temor del adulto mayor a desmoronarse. Sin embargo, en circunstancias menos favorables, el anciano, para protegerse, se retira de la doliente realidad presente buscando perseguir y reavivar los recuerdos de su vida pasada refugiándose en ellos. En ese sentido, se hace importante la indispensable presencia de un otro que permita el vínculo del adulto mayor con el mundo.

En efecto, en la vejez la capacidad para imaginar y simbolizar tiende a disminuir, y en algunas ocasiones puede derivar a la demencia senil. Si bien ciertas personas poseen un orgullo y un sentido del honor que permiten que los vejámenes sufridos no los destruyan, la acumulación de humillaciones precipita al anciano hacia el repliegue total en una soledad que ignora al mundo exterior.

Al pensar en la vejez se suele mencionar las debilidades funcionales que la caracterizan: la visión, la dificultad para caminar, las fallas de la memoria, la progresiva pérdida del deseo sexual, pero muy poco se dice sobre la pérdida de la relación con el otro, con la pareja.

Pensemos que desde que nacemos empezamos a sufrir nuestras primeras pérdidas. No solo perdemos a quien amábamos sino a alguien por quien éramos amados y para quien éramos significativos. Alguien para “quien yo era importante” que se preocupaba por mi existencia y me brindaba la sensación de “ser existente”.

El drama de muchos ancianos perdidos en su mundo es que ya nadie les habla, y entonces no encuentran palabras para expresar su desasosiego. Lamentablemente en nuestro medio a veces se olvida que lo que mantiene vivo a un ser humano es el afecto, el amor, el poder compartir con alguien más. Por ello, se hace pues indispensable acompañar y compartir con el anciano sus pensamientos, ansiedades, desvelos y recuerdos. Esto sería condición indispensable que permitiría vencer la incertidumbre, encontrar continuidad en su vida y sentirse seguro en la intimidad.

En el mundo actual el individuo mayor intenta paliar el miedo a morir o a ponerse en contacto consigo mismo. El sentimiento de “estar solo” surge con las pérdidas de seres cercanos, con las enfermedades y las frustraciones. Sin embargo, sentir que uno se cae en la soledad viene acompañado, también, con la posibilidad de renacer convirtiendo el vacío en creación a través del duelo. Este permite recuperar lo perdido, recrear, permite que la energía interna regrese a los secretos del pasado.

El dolor frente a la pérdida y soledad nos muestra cuán importante es para los seres humanos sentir que somos acogidos, ya que solo en una relación parece encontrarse el sentido de la vida. Cualquier preocupación por el anciano deberá traer consigo la pregunta por nuestro papel en su soledad.

(*) Sociedad Peruana de Psicoanálisis

https://larepublica.pe/opinion/2020/05/17/soledad-y-vejez-por-luis-herrera/

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